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miércoles, 3 de noviembre de 2010

EL LOBO EN EL GUADARRAMA: EL RETORNO DE UN MITO

Cae la fronda encarrujada

de los centenarios pobos

que al rigor de la invernada

vieran antaño a los lobos

bajar al pueblo en manada


Enrique de Mesa

“Otoño en la sierra”

El Silencio de la Cartuja (1916)

Es bien sabido que entre todas las especies de la fauna salvaje del hemisferio norte ninguna ha tenido para el hombre un componente mítico y emocional tan marcado como el lobo. Objeto de fabulaciones y leyendas en muchas culturas desde la más remota antigüedad, causa de temores y supersticiones que llegaron a obligar antaño a los habitantes de las montañas del noroeste de nuestro país a la adopción de más de setenta expresiones distintas para evitar nombrarlo, la figura simbólica del lobo está hoy más que nunca en la mente y en los labios de los ciudadanos de algunos países de Europa y Norteamérica. Y es que el mito ancestral del depredador más temido por el hombre en todos los tiempos parece hoy resurgir con fuerza a causa de las tensiones sociales que está motivando la expansión de sus poblaciones tras su casi total desaparición en los países más desarrollados, extinción de la que se libró in extremis al refugiarse las últimas manadas en las montañas más apartadas hasta que el reciente y pujante movimiento conservacionista le ha otorgado una última oportunidad de supervivencia.

Así ha ocurrido en Estados Unidos, donde el lobo gris, tras su desaparición en los albores de la década de los 30 del pasado siglo, vuelve a poblar el Parque Nacional de Yellowstone y otras zonas de las Montañas Rocosas, lo que está siendo causa de serios conflictos y agrios debates políticos. Lo mismo ha ocurrido en Francia, que vio desaparecer sus últimos lobos alrededor de 1925, y en donde algunos ejemplares procedentes de los Apeninos italianos se establecieron en 1992 en el Parque Nacional del Mercantour, en los Alpes Marítimos. Después de años de ataques al ganado, el gobierno francés ha tenido que crear una comisión parlamentaria para intentar poner paz entre los ganaderos de ovino, un sector que ha perdido la mitad de las explotaciones en veinte años, y las asociaciones ecologistas, que han recogido miles de firmas en defensa del lobo. Otro claro ejemplo lo encontramos en Alemania, donde el lobo desapareció hacia 1860, y que hoy cuenta con algunas manadas repartidas por los estados de Hesse y Baja Sajonia tras la aparición en 1998 de unos pocos ejemplares procedentes de Polonia. Contra todas las previsiones, aquí el lobo se está extendiendo a través de una de las redes de carreteras y autovías más densas del mundo, llegando incluso a transitar por los bosques que rodean la ciudad de Berlín.

Nuestro país, por supuesto, no ha sido ajeno a la generalizada expansión de la especie ni tampoco a los conflictos que ésta trae siempre consigo. Considerado en España hasta hace apenas cuarenta años como una dañina alimaña, por cuyo exterminio la administración del Estado concedía premios en metálico, el cambio de sensibilidad hacia el lobo se produjo gracias a la labor divulgativa impagable de Félix Rodríguez de la Fuente, que logró que la Ley de Caza de 1970 lo librara de esta mísera condición y lo catalogara como especie cinegética, y a la atención científica de varios naturalistas pioneros que orientaron sus trabajos en el mismo sentido, como José Antonio Valverde, Jesús Garzón, Ramón Grande del Brío, Carlos Sanz y algunos otros.

Un proceso natural apasionante

A comienzos de la década de los 70 las perspectivas para la conservación del lobo ibérico eran de todo menos halagüeñas. El tradicional y mortífero uso de la estricnina para librar de alimañas los montes de nuestro país había dejado a nuestros últimos lobos, apenas unos pocos centenares, recluidos en algunos pequeños reductos de las montañas del norte de la península y en unos pocos enclaves de Sierra Morena. Pero la nueva y creciente actitud de respeto hacia la especie, unida al abandono del medio rural y al espectacular aumento de algunas de sus presas habituales, como corzos, venados y jabalíes, marcó providencialmente el punto de inflexión en su inminente y en apariencia inexorable proceso de extinción, y ya a principios de los 80 la evolución de las poblaciones de lobo mostraba una clara tendencia expansiva hacia el sur y hacia el este del territorio peninsular.



Macho adulto de lobo ibérico (Canis lupus signatus)

Foto: Juan Carlos Blanco


Los primeros episodios de este proceso natural apasionante que constituye hoy día el lento pero generalizado regreso del lobo a muchas de las montañas de las que fue expulsado en el pasado los podemos situar a finales de los 70 y principios de los 80 del siglo XX, cuando algunas manadas procedentes de la zamorana sierra de la Culebra se establecieron en los montes Torozos, entre Palencia y Valladolid. Mediada esta última década, las poblaciones residuales que quedaban en las montañas de Asturias y Cantabria ya habían experimentado un claro crecimiento y empezaban a extenderse hacia las comarcas aledañas a la costa. Las siguientes etapas de este proceso de recolonización muestran la extraordinaria capacidad de recuperación de la especie.

A finales de los 80 las escasas manadas que hasta hacía pocos años poblaban las montañas burgalesas ya se habían extendido hasta el sur del País Vasco y recolonizaban las sierras riojanas y sorianas de Cameros, Cebollera y la Demanda. Por estos mismos años el lobo comenzó a poblar un nuevo hábitat, muy diferente al que venía ocupando hasta entonces en las zonas montañosas del norte: las inabarcables tierras de pan llevar que se extienden por las provincias de León, Zamora, Burgos, Palencia y Valladolid. A comienzos de los 90 cruzó el Duero. Hacia 1995 circularon rumores sobre su aparición en las provincias de Ávila y Segovia, y poco después, a principios del siglo XXI, la presencia de esta especie era ya estable en la zona comprendida entre las localidades segovianas de Coca, Cantalejo y Riaza. Por fin, tras una ausencia de más de medio siglo, el lobo había regresado, aunque tímidamente, a las sierras de Ayllón, Gredos y Guadarrama.


El lobo en el Guadarrama

Al día de hoy el lobo está ya prácticamente establecido en algunas zonas del piedemonte septentrional del Guadarrama, transitando por las laderas y las cumbres de Somosierra, los montes Carpetanos y la Mujer Muerta, y como ocurre siempre en todas las regiones donde el depredador reaparece tras muchos años de ausencia sus correrías están causando una gran alarma social. Desde el año 2003 El Adelantado de Segovia ha publicado más de cincuenta noticias sobre la presencia de lobos y sus ataques a los rebaños de ovino y vacuno de la provincia, algunos de ellos ocurridos en localidades de la Vera de la Sierra como La Losa, Cerezo de Arriba, Torrecaballeros y Cabanillas del Monte. Es en esta última localidad donde nuestro amigo Rodrigo Peñalosa, propietario del antiguo esquileo mejor conservado de toda la sierra y heredero entusiasta de la secular tradición ganadera de los marqueses de Lozoya, ha sufrido en menos de un año tres espectaculares «lobadas» en las que ha perdido más de sesenta ovejas.

En la vertiente madrileña el lobo también está recorriendo cada vez más regularmente la sierra del Rincón y las laderas septentrionales del valle de Lozoya, y es de esperar que muy pronto extenderá sus áreas de campeo a la Cuerda Larga y a otras zonas de la sierra. Aquí, la presencia del lobo podría solucionar de forma natural el problema que actualmente está planteando la superpoblación de cabras monteses, que tienen que ser capturadas y trasladadas a otros lugares ante la oposición rotunda de las asociaciones ecologistas a la caza selectiva. En lo que respecta al territorio de la Comunidad de Madrid, la acertada y recomendable contención informativa que hasta ahora parece imperar en este lado de la sierra sólo nos ha permitido conocer de forma oficiosa algunos ataques al ganado y dos muertes de ejemplares, uno de forma furtiva y otro por atropello.

Ternero muerto y devorado por los lobos al pie de la Mujer Muerta (Segovia) en enero de 2009

Foto: Asociación Segoviana de Amigos de las Cañadas / Fernando Vázquez

No por esperado, el retorno del lobo a la sierra de Guadarrama deja de ser una de las mejores noticias para todos los que nos preocupamos por el futuro de estas montañas, las más amenazadas de nuestro país. Ha llegado, además, en un momento esperanzador: en vísperas de hacerse realidad la ya casi centenaria aspiración de su declaración como parque nacional. Pero no conviene echar todavía las campanas al vuelo ya que, con toda seguridad, este regreso va a traer consigo los mismos conflictos que se están produciendo en todas las regiones donde el gran depredador vuelve por sus fueros. El lobo, pese a la creencia casi generalizada de que sólo prospera en los territorios más apartados y salvajes del planeta, es capaz de vivir casi en cualquier lugar donde se lo permitamos, incluso en los alrededores de las grandes ciudades. Es fácil suponer, por ello, que la pugna entre las posturas tradicionalmente enfrentadas de los ganaderos, los cazadores y las asociaciones ecologistas será la que determine el grado de tolerancia con que le recibamos y, por lo tanto, también las zonas de nuestra sierra donde queramos que viva.



Los montes Carpetanos desde las inmediaciones del puerto de Malagosto, un paisaje en el que se vuelve a escuchar el aullido del lobo

Foto: Julio Vías

Un acuerdo sobre el lobo

Según el magnífico y exhaustivo estudio de los biólogos Juan Carlos Blanco y Yolanda Cortés, sin duda el mejor trabajo de investigación llevado a cabo hasta el momento sobre el lobo ibérico, en la sierra de Guadarrama se dan las condiciones teóricas ideales para que se produzcan conflictos de elevada intensidad, al coincidir allí los intereses de los ganaderos y los cazadores con los de miles de personas amantes de la naturaleza y la montaña procedentes de Madrid1. Conseguir el equilibrio entre la visión pragmática y utilitaria de los unos con la romántica e idealizada de los otros va a resultar una tarea muy difícil para las administraciones responsables de gestionar una especie tan conflictiva. Y las espadas ya están en alto a raíz de la reciente aprobación del Plan de Gestión del Lobo de la Junta de Castilla y León, al que algunas asociaciones ecologistas ya han tachado de contemporizador en exceso con las demandas de los cazadores. Sea como sea, y a pesar de su próxima declaración como espacio protegido, lo cierto es que el plan ha catalogado toda la comarca de la sierra segoviana como zona destinada a un máximo aprovechamiento cinegético de la especie con el fin de mantener una mínima densidad en su población.

El futuro del lobo en el Guadarrama va a depender de que se alcance un amplio acuerdo entre los sectores sociales afectados por su presencia y de que se adopten actitudes flexibles, imprescindibles para templar los ánimos y rebajar unas tensiones que suelen desatarse de forma virulenta y totalmente desproporcionada con la magnitud económica real de los daños causados. Exigirá a los grupos ecologistas más batalladores poner buena cara ante la realización de batidas cuando los daños producidos al ganado superen el límite admisible, teniendo así en consideración la sensibilidad de los ganaderos que explotan sus cabañas de ovino o vacuno en régimen extensivo, un sector olvidado y mucho más amenazado que el mismo lobo, al que lamentablemente no le queda otro futuro que reconvertirse o sencillamente desaparecer cuando se acaben las subvenciones europeas. Forzará a los ganaderos a adaptarse a la presencia de tan incómodo vecino y a tomar medidas de seguridad frente a sus ataques, como recuperar el empleo de mastines bien adiestrados en la querencia al ganado e instalar cercados eléctricos, que están dando muy buenos resultados en algunas zonas del norte de la península. Obligará a los cazadores y a los miles de usuarios de la sierra procedentes de la ciudad a respetar las áreas de cría de la especie. Y sobre todo, exigirá a los responsables autonómicos generalizar y agilizar al máximo el pago de indemnizaciones por los daños causados al ganado, tomar medidas serias para luchar contra la caza furtiva del lobo, y gestionar de forma respetuosa con el futuro espacio protegido la insospechada fuente de recursos turísticos que traerá consigo el regreso de un animal cada vez más idealizado por la sociedad urbana. Será fundamental también abordar una política de infraestructuras que evite efectos barrera para la fauna, como supondría el hipotético desdoblamiento de la carretera N-110, que recorre todo el piedemonte segoviano de la sierra.

La utilización de mastines para vigilar los rebaños se vuelve a imponer entre los ganaderos del piedemonte segoviano de la sierra. Hato de ovejas en Santo Domingo de Pirón (Segovia)

Foto: Julio Vías

Con el regreso del lobo, el Guadarrama recobra no sólo una parte importante de su biodiversidad perdida; recupera también de forma tangible un símbolo que nunca ha dejado de estar presente en la vieja toponimia, en las tradiciones pastoriles, en la literatura... Para los que recorremos habitualmente sus cumbres en solitario la sierra parece transfigurarse de repente en una montaña más seria, capaz ya de depararnos la sensación intensa de lo salvaje simplemente por la posibilidad de escuchar, a la luz del sol poniente que precede a la noche, el aullido intemporal y atávico del lobo. Una emoción parecida a la que sintió Constancio Bernaldo de Quirós hace más de un siglo en una de sus primeras excursiones por la sierra, en la que nos describía las alturas de Peñalara a la luz crepuscular del “sol de los lobos”, hermosa expresión con la que los pastores del Guadarrama se referían a la hora a partir de la cual el gran depredador de las montañas ibéricas dejaba oír su llamada y emprendía al caer la noche sus correrías sangrientas: «La imaginación nos trasladaba a los crepúsculos invernales bajo la cumbre de la Peña Lara, cuando nieblas espesas la envuelven y las águilas se retiran a sus peñas doradas por el sol rojizo de los lobos, y la fiera hambrienta recorre a grandes pasos la sierra castañeando los dientes, mientras los animales de sangre fría yacen amodorrados bajo el suelo en la quieta esperanza de la primavera»2.

textos de Julio Vías


Publicado en la revista Peñalara nº 527. I trimestre de 2009


Citas
1 JUAN CARLOS BLANCO Y YOLANDA CORTÉS. Ecología, censos, percepción y evolución del lobo en España: Análisis de un conflicto. SECEM. Málaga, 2001.

2 CONSTANCIO BERNALDO DE QUIRÓS. Peñalara. Viuda de Rodríguez Serra. Madrid, 1905. pp. 18-19.


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