Este sitio en la red pretende ser un lugar de encuentro entre cuantos nos preocupamos por el futuro de los parajes más notables de la naturaleza. Creemos posible conseguir un desarrollo sostenible. De todo eso queremos hablar los abajo firmantes (*), y también acoger en estas páginas virtuales los comentarios y opiniones de los interesados en estas comarcas castellanas. Así es que, amigos y amigas, entren en este sitio y lean y escriban sobre sus preocupaciones y esperanzas.

lunes, 28 de febrero de 2011

EL FUTURO DEL PARQUE NACIONAL DEL GUADARRAMA

EDUARDO MARTÍNEZ DE PISÓN
(Febrero de 2011)


El valor de la Sierra.

A estas alturas debería ser innecesario decir que la Sierra de Guadarrama constituye una montaña llena de calidades naturales y paisajísticas, asistidas por una intensa aportación cultural, y que, por ello, constituye una prioridad la necesidad de guardar esos valores para bien de todos y por responsabilidad colectiva. Pero, por si acaso, arrancamos este escrito con su explícita afirmación.
El 17 de febrero de 2011 el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid aprobó el documento conjunto con la Comunidad de Castilla y León de petición de declaración del Parque Nacional de las Cumbres de la Sierra de Guadarrama, solicitud que se ha de elevar en el siguiente paso al Ministerio de medio ambiente, medio rural y medio marino. Sin duda es señal de que ha habido y aún está en curso un proceso concreto, científico, social y político, para lograr la salvaguarda de tales valores serranos. No se trata, pues, sólo de una voluntad para conseguirlo, sino de un procedimiento específico formal dentro de nuestras normas y categorías territoriales y de protección de espacios naturales. Estamos, pues, en la normalidad procesal, salvo por sus retrasos, vaivenes y algunas excesivas reacciones que, por cierto, no han sido los caracteres propios de otros lugares propuestos como Parques Nacionales, aunque acaso hubieran sido más explicables en ellos.
Sea como fuere, la puesta en marcha de ese procedimiento ha ido acompañada por vicisitudes y metas provisionales recurrentes que han alejado y reconfigurado el objetivo mientras iba pasando el tiempo. La primera iniciativa política de Gallardón, que se remonta a 2002-2003, se desdibujó pronto, la asistencia al proceso tuvo luego altibajos, el interés por él experimentó fluctuaciones, se alcanzaron en 2006 sus primeros resultados técnicos, pero se modificaron entretanto las normas estatales, lo que permitió abrir la fruta ocasionando que las propuestas fueran variando por nuevos acoplamientos, y su oposición navegó con llamativa facilidad por el radicalismo ideológico.
Pero hemos llegado a hoy, finalmente, con un proyecto último, un documento único de las dos autonomías con territorio en esta sierra, Castilla y León y Madrid, que rebasa el nivel regional para entrar en el nacional, como corresponde a un parque que lleva ese calificativo. Ahora, sus páginas contienen los resultados alcanzados, los veamos con crítica o con complacencia, y en ellos estriban las posibilidades no sólo de proteger el bien que representa el Guadarrama sino la de hacerlo en el rango adecuado. Al otro lado del río espera ya el ministerio para su examen. Esperemos que con más apego al Guadarrama que a una lectura intransigente de sus códigos, que ciertamente no ha usado para los demás Parques.
El momento actual en el proceso es, sin duda, el del balance de un esfuerzo. Pero no es sólo eso, sino el de poner en práctica sus resultados. Son estos desenlaces fruto de un trabajo, pero sobre todo son una posibilidad real de implantación de un modelo territorial proteccionista en la Sierra de Guadarrama. Esos resultados no son ni óptimos ni quiméricos. Tampoco rechazables por apriorismo o por oportunismo ideológicos. No son óptimos porque había otras opciones especificadas que eran más ponderadas e incluso porque las nuevas normas han estrechado las condiciones de acceso a la modalidad de protección apropiada. Pero no son quiméricos porque no proponen imposibles territoriales, administrativos, económicos o políticos, como ocurre con otras propuestas voluntaristas. Y, por ello, porque facilitan que fluya el curso de esta protección en el nada fácil cauce que le ha tocado recorrer, constituyen, aunque sea con peros, nuestro posible puerto. Por ello conviene su plasmación definitiva, sin más demoras ni retornos ni pérdidas ya de oportunidades, después de tantos años, en discusiones cada día más bizantinas.
Tras este proyecto hay, en el caso que yo conozco mejor, que es el de Madrid,  20 tomos de conocimiento estricto de la Sierra, previos a las disposiciones del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Guadarrama que se presentó en 2006 y que ya contenía una normativa territorial detallada para la montaña. Aunque hayan variado contenidos, se hayan acortado extensiones o modificado composiciones en este nuevo documento, nadie puede echar atrás esos tomos de estudio precedentes que constituyen una contribución específica de síntesis valorativa de la que pocas montañas españolas podrían presumir. La normativa, donde han radicado los problemas, formaba su conclusión como un cuerpo trabado. Las variaciones y adelgazamientos que ha experimentado desde 2006 hacen de ella otro tratado, con sucesivos consensos y disensos, aprobaciones, desaprobaciones, apriorismos y posibilismos. Todo esto está ahora nuevamente sobre la mesa en su definitivo formato en un documento tangible. Tras él hay un esquema que podría ser más perfecto, pero no se ha alcanzado otro, y hay un lugar, la Sierra, la montaña sin proteger aún al nivel debido, con años en la sala de espera, que queda reglamentado, potencialmente protegido y de modo socialmente viable.
Esas imperfecciones derivan sobre todo de diversos obstáculos materiales que cierran el acceso al nivel óptimo. Son algunos de estos las estaciones de esquí, los montes maderables, nuestra ley general de espacios protegidos, prohibitiva en campos que expulsan excelentes áreas del Guadarrama, la inferioridad palpable de la superficie propuesta como protegible a la realmente valiosa, la delimitación y definición de las distintas tipologías o zonas de conservación, unos reglamentos mejorables en el detalle y, finalmente, las intenciones y las diferencias políticas. En primer lugar, han sido visibles en el proceso ciertos indicadores de falta de la necesaria voluntad política (y no sólo en una parte de los poderes responsables) para remover determinados obstáculos y para alcanzar óptimamente los fines propuestos. Pero además hay otras circunstancias políticas actuales que también merecen un comentario.


La circunstancia política.

Entretanto, mientras navegaba el Plan de Ordenación por las mesas de los despachos, como es natural los políticos han seguido haciendo política. Es decir, dando una de cal y otra de arena. Una de cara al público y otra de cara a sus intereses. Una paletada a las pretensiones mercantiles de los alcaldes y otra a las propuestas proteccionistas de los expertos. Y así sucesivamente. A veces hasta extremos tan antagónicos a los que ya sólo es aplicable aquel dicho de estar a la vez en la procesión y repicando las campanas. En tales ambivalencias se han llegado a alcanzar verdaderos choques de ideas, de modelos y de tratamientos territoriales surgidos de la misma  raíz de poder. Los políticos parece que pensaron en un momento inicial que procedía pedir una opinión a los expertos para actuar en este campo. Pero en otro posterior concluyeron que les convenía más actuar ellos mismos como si fueran expertos y a partir de entonces lanzaron sus propias propuestas, desorganizando los esquemas, recortando protecciones y actuando como motores empresariales de los aprovechamientos económicos. El ejemplo evidente es la oferta casi simultánea, en una mano, de un Parque Nacional adelgazado y, en la otra, de la conversión productiva de la agrupación urbana y del conjunto de  las estaciones de esquí de los Puertos de Navacerrada y Los Cotos.
Por otro lado, hay también en diferentes polos quienes, por diversos motivos, no son partidarios del Parque Nacional del Guadarrama. No sabemos si tampoco de la reconversión del Puerto de Navacerrada, pues sobre esto no se pronuncian o no trascienden sus pronunciamientos. Algunos, los más contados, no son partidarios porque estiman que la conservación de la naturaleza y de los paisajes de la Sierra sería contraria a determinados intereses económicos propios que, para ejercitarse, tendrían que ser necesariamente agresivos con ese medio. Pero además los hay, los más ruidosos, que se oponen por principio si no lo ejecutan ellos o porque alegan defectos incluso desde antes de estar redactadas las propuestas. E incluso los hay que ponen y exigen requisitos que cierran la posibilidad misma de una declaración  si se presentan los bosques como han llegado al siglo XXI, para reclamarlos en el estado que debieron tener en el inicio del Holoceno.
Pero la mayoría de los ciudadanos sí somos partidarios de dicho Parque Nacional, principalmente de su propuesta más ponderada y rica, pero también de la aminorada, porque, al menos, algo es algo. Por razones también variadas, pero fundamentalmente porque tenemos la convicción de que ese Parque Nacional será un bien para la Sierra, sus partidarios somos abundantes y, aunque razonablemente escépticos,  constituimos un numeroso grupo de esperanzados. De modo que una negación de esta declaración, siempre por causas de menor entidad que la consecución de ese bien, no sólo acabará por ser un daño al Guadarrama sino también una colosal frustración para tales ciudadanos. Al final nos tendríamos que conformar con aquello que escribió Zweig: “los ideales irrealizados se muestran como invencibles. Lo necesario, aunque se dilate su realización, no por eso es menos necesario”.
En definitiva, a este acto de la obra en el que los personajes son los políticos y el decorado ya no es la sierra sino sus asambleas y parlamentos, corresponde, en voluntaria redundancia,  tomar ya la decisión sobre lo únicamente decisivo: es decir, proteger la Sierra.

Plasmar la protección.

La coyuntura política es también digna de consideración. Sorprende que hayamos tenido que esperar al final de la legislatura autonómica para que se culmine el proceso interno de propuesta del Parque Nacional al Ministerio. Materialmente apenas queda tiempo para ese trámite por el equipo político actual y, desde luego, no para esperar respuesta del gobierno nacional. En suma, es un despacho de última hora al que poco le ha faltado para quedarse en el tintero. Y a las confrontaciones y acuerdos pasados entre entes locales y autonómicos, hay que añadir los no pequeños que serán necesarios entre autonomías y estado, y entre partidos ya por sí confrontados. Por lo tanto, puede que ni siquiera se alcance un sí o un no a la propuesta o un arreglo en el lapso de tiempo que queda antes de las elecciones generales, sobre todo dadas las pocas prisas que todos muestran en este asunto. Incluso podría parecerle a algún observador suspicaz que, en ambos hemisferios de poder, algunos preferirían dejarlo, presente pero aparcado, a la vista de   futuros acontecimientos.
El hecho es que estamos al fin del proceso de intemperie del estatus de la Sierra y ante la apertura de una nueva situación, derivada del afianzamiento de normas, con lugares tipificados y procedimientos regulados. Es decir, ante el inicio de otro proceso. Y, una vez la Sierra ya protegida en el nivel de Parque Nacional, eso comportará un notable cambio de significados territoriales. A la importancia de ser Parque Nacional para la conservación y como etiqueta de prestigio, seguirán adaptaciones en el proceso territorial inmediato y futuro, con re-equilibrios positivos en la región y en su significado central en la Península, con rearticulación de sus piezas internas y con las envolventes (administrativas, sociales y protectoras). Incluso con la formación de un órgano de gestión necesariamente supra-autonómico, que calque fielmente la auténtica unidad geográfica dibujada por la orografía y no sólo por la historia política.
Son muchos los contenidos de la consecución de un Parque Nacional del Guadarrama envuelto por sus aureolas de Parques Regionales, suficientes para darles entidad formal en este momento. Aunque sean demasiados para describirlos ahora, son sobre todo sobrados para que se desprecie la oportunidad de lograrlos. Pero al menos debo enunciar dos que me importan especialmente como geógrafo y como profesor: un cuidado efectivo del paisaje y una puesta en uso prioritario de una función cultural. Pero, además, el Parque Nacional conseguido debe ser un soporte para su propia mejora y para su extensión, siempre factible, siempre más realizable a partir de su plasmación, porque el parque se asentará e irradiará su modelo mejor. De este modo, el Parque Nacional del Guadarrama está destinado a crecer como un ser vivo si le dejamos nacer. A crecer rectamente si permanecemos entusiastas y vigilantes en su mantenimiento, en la superficie que aún no ha logrado, en el contorno al que debe aspirar y en la entidad de su función protectora. Él mismo redefinirá sus modos y sus nudos de protección en esa vida creciente.
En el horizonte hay concretos terrenos que deberán sumarse a su núcleo, desde cumbres inmediatas y cantones hoy discordantes, como las actuales estaciones de esquí, hasta los montes y bosques de los Belgas y de Valsaín, que ninguna sinrazón de incompatibilidad legal debería haber excluido del Parque Nacional. Merece la pena hacer una reflexión breve sobre cierto contenido de la exclusión de los pinares de  Valsaín y de los Belgas en la propuesta del Parque Nacional del Guadarrama. En primer lugar, claro, está su sentido en el conjunto de la naturaleza serrana como masas forestales de primer rango, ante lo cual esa exclusión se vuelve un resultado administrativo incomprensible. Además, son bosques claramente patrimoniales en su valoración y en su imagen social. Y conceder valor de “patrimonio” a un lugar natural no es sólo consolidarlo o formalizarlo, con todas sus consecuencias de prestigio, protección y atracción, sino también añadirle una marca histórica, cultural. Así, la calificación tan adecuada, por ejemplo, de “bosque patrimonial” a determinados montes como éstos, sin entrar en sus posibles aprovechamientos actuales, pero que incluye el interés histórico de sus laboreos, resulta insólito que pueda ser antitética con la obligación legal de excluirlos si se les propone como pertenecientes a Parques Nacionales, al mantenerse en ellos esos usos maderables. En los paisajes hay valores aparentes en sus escenarios, como es el caso de los aspectos renaturalizados de esos bosques, pero además hay valores profundos en ellos que no sólo son forestales o biológicos, sino que entrañan sus significados geográficos humanos como herencia material y cultural.

Los problemas territoriales del proyecto actual, como el estrechamiento en los puertos entre pinares y estaciones de esquí, son objetivos a solucionar que se lograrán con más facilidad si el Parque se consolida y fortalece, porque la experiencia dirá, no sólo la teoría, que es mejor hacerlo a su manera. Que las mejoras, esas y otras, se desprendan de la práctica y que rueden por su camino. Pero antes dejemos a nuestra montaña con las espaldas cubiertas. Ciérrese, pues, en positivo el largo y a veces desabrigado proceso de protección integral de la Sierra. Y que este Parque Nacional se inaugure con el propósito explícito de emprender la mejora de sí mismo.


domingo, 20 de febrero de 2011

El debate sobre la energía eólica


A propósito de los proyectos de instalación de parques eólicos en el piedemonte segoviano de la sierra de Guadarrama, puede ser esta una buena ocasión para abordar cuales son las últimas preocupaciones sobre esta nueva fuente de energía en cuanto a un aspecto complejo como es el de su rentabilidad.


Lo primero que se aprende de la eólica es que nos proporciona una energía limpia, renovable, gratuita (el viento lo es), alternativa y viable. De hecho los molinos de viento existen desde hace milenios. Sorprende por lo tanto que, tras pedir una moratoria, 458 grupos (de momento) en Europa se hayan asociado en EPAW, siglas traducidas como Plataforma Europea contra los Parques Eólicos. ¿Qué ocurre con la eólica? Una primera aproximación a esta pregunta hay que buscarla en que esta plataforma no se autodenomina “contra la energía eólica”, sino “contra los parques eólicos”. Efectivamente, nadie está en contra ni de aquellos tradicionales molinos de viento ni de  modernos aerogeneradores que proporcionan energía en el mismo lugar donde el viento sopla. La oposición de estos grupos se materializa, básicamente, en contra los parques eólicos.

Los impactos de estas instalaciones son variados: mortandaz de aves, artificialización del paisaje, contaminación acústica, “efecto discoteca[1]”, pérdida del valor de propiedades cercanas, apertura de pistas, fugas de aceite, incendios, necesidad de construcción de nuevos tendidos eléctricos de gran potencia…. aparte la evidente contaminación ocasionada por la propia construcción de los aerogeneradores en fábricas de bienes de equipo. No obstante, no es objeto de este artículo analizar la gravedad o levedad de estos impactos sobre la salud y el medio ambiente. Antes de esto conviene incidir en un tema previo y más crucial: el de la propia rentabilidad de la energía eólica a gran escala. Para ello es necesario resumir primero unos principios básicos comúnmente admitidos, aunque no siempre conocidos por el gran público:

-          La energía no puede ser, hoy por hoy, almacenable en grandes cantidades, es decir, a escala de  redes eléctricas regionales y nacionales. Se consume a la vez que se produce, salvo pequeñas excepciones que apenas alteran esta norma[2].
-          La energía eólica posee una gran variabilidad, mucho más que la solar. Su aporte directo alteraría, por lo tanto, la necesaria estabilidad de la red.
-          Es cierto que la demanda de energía es también variable tanto a lo largo del día como a lo largo de todo un año; pero el viento, lejos de coincidir con esta variabilidad, discierne más bien de ella. Por ejemplo, en España, existe mayor demanda de energía en invierno, coincidiendo con el tiempo estable del anticiclón de las Azores (generalmente en el mes de enero), y en los últimos tiempos en verano por el uso de aire acondicionado, cuando los frentes de aire atlántico y sus vientos pasan alejados de la península.  
-          Esta variabilidad debe corregirse con una fuente de energía continua, una energía de respaldo para cubrir el necesario aporte constante de energía a la red.
-          Las Centrales de Ciclo Combinado (gas-vapor) son las más aptas para respaldar los Parques Eólicos.

El debate debería centrarse  por lo tanto (al menos en el caso español), en cómo estas centrales de ciclo combinado respaldan el aporte eólico, ambas construidas casi a la par en los últimos tiempos.  De momento sabemos que, en el caso de España, la inestabilidad ocasionada por la energía eólica ha propiciado la creación de un centro de control único en el mundo: el CECRE (Centro de Control de Régimen Especial), específico para las energías renovables, donde el control de la eólica es una tarea continua. Es decir, la complejidad del aporte eólico ha supuesto la creación de un centro de control específico para ella, aparte del CECOEL (Centro de Control Eléctrico). Existen diversos autores anti-eólicos que sostienen que las centrales térmicas sufren un desgaste mayor al cubrir los caprichos del viento, rindiendo peor y gastando más combustible, pero —al menos los autores consultados— no manejan datos concretos que midan el alcance de tal pérdida de rendimientos. En todo caso, es necesario constatar también que las centrales térmicas, y sobre todo las de ciclo combinado, deben estar preparadas para soportar las grandes diferencias de demanda entre las horas valle y las horas punta. Sólo las nucleares se ven totalmente imposibilitadas para esta alternancia, proporcionando lo que llaman la energía-base.

Pero la lista de problemas no acaba aquí. La energía eólica no se origina a cualquier velocidad del viento, y no se trata sólo de la imposibilidad de aprovechar vientos débiles (menos de 15 km/h[3]), sino también vientos que superen los 90 km/h (algunos autores bajan aún más esta cifra hasta 75 km/h, se supone que esto depende también del tipo de aerogeneradores). A esas velocidades estos artefactos deben ser desconectados de la red para no generar demasiado esfuerzo a los ejes y a otros elementos mecánicos. Otro problema son los llamados huecos de tensión, que grosso modo podrían definirse como bajadas de tensión muy breves, contabilizables en milisegundos, pero lo suficientemente problemáticas como para afectar a la estabilidad de la red.

En definitiva, la energía eólica, plasmada en sus parques eólicos, presenta no pocos problemas, muchos de ellos desconocidos cuando ésta se empezó a fomentar por parte de unos poderes públicos que se dejan millones de euros en subvencionarla. Algunos autores llegan a considerar esta energía como inútil. Si esto fuera cierto, estaríamos ante una farsa de proporciones descomunales. Sin embargo, este grave hecho está todavía por demostrar, aunque sí podemos de momento constatar que la rentabilidad de este tipo de energía tiene una eficacia limitada, aparte de peculiares impactos sobre la salud, el paisaje y el medio ambiente. Por lo tanto, debe seguir siendo investigada para desvelar su rentabilidad (aparte de sus impactos) con todas sus consecuencias y por muy doloroso que sea el criticar a una energía, no sólo renovable, sino extraída del propio territorio nacional    


Alvaro Blázquez.


[1] Se llama efecto discoteca al mareante juego de luces y sombras de las aspas proyectado sobre el suelo (o las viviendas) cuando el sol se sitúa a baja altura.  
[2] Es posible acumular energía potencial elevando agua a embalses por medio de bombeos. También se está investigando en la fabricación de baterías de alta capacidad de acumulación.
[3] La medición correcta es en m/s. Si se ofrecen km/h es por su mayor comprensión para el común de los lectores.

viernes, 18 de febrero de 2011

A dos pasos del parque


Reproducimos el artículo de Antonio Sáenz de Miera publicado hoy en ABC:


A dos pasos lo tenemos. Sí, porque, sin lanzar todavía las campanas al vuelo, podemos pensar que la creación del Parque Nacional de las Cumbres de la Sierra de Guadarrama está ya al alcance de la mano. El proyecto aprobado ayer por la Comunidad de Madrid, consensuado con la Junta de Castilla y León, para la creación en la región del primer Parque Nacional de su historia debe de constituir una noticia relevante para todos los madrileños. Después de mucho tiempo se abre una vía a una vieja aspiración que se remonta a 1923 cuando en el diario El Sol la Sociedad Peñalara lanzó la primera iniciativa para la creación del Parque.

Con este Plan no se satisfacen todas las expectativas, es cierto, pero con él cambiaremos de valle, pasaremos a otro nivel de exigencia, y eso, en sí mismo, es bueno. Aunque se producen avances significativos (se ha aumentado en 2000 hectáreas la superficie protegida y se han eliminado estrangulamientos y estrechamientos territoriales en las áreas del Parque) la regulación aprobada sigue siendo, a juicio de los expertos, manifiestamente mejorable. No hay que perder la esperanza de que a estas mejoras contribuya su paso por la Asamblea de Madrid y, en última instancia, por las Cortes Generales. Pero el mayor problema podría aparecer en el trámite intermedio, es decir, en el de su obligada aprobación por el Ministerio de Medio Ambiente.

En este sentido, las dudas expresadas recientemente por un alto cargo de este Ministerio sobre la viabilidad del proyecto, cuando todavía no se conocía su versión final, no constituyen un buen presagio. El riesgo de «politización» de este asunto, más aún en vísperas electorales, es patente. Y debería evitarse a toda costa. Por favor, no hagamos demagogia, hagamos entre todos un ejercicio de contención y mesura. El Parque está ya a dos pasos: no perdamos la ocasión de empezar este camino con buen pie.


Antonio Sáenz de Miera.


miércoles, 16 de febrero de 2011

MEMORIAS DEL GUADARRAMA. LA MADRE MONTAÑA

El insigne montañero e historiador, Julio Vías, cómplice nuestro en andadas y trasiegos montaraces, a republicado su libro Memorias del Guadarrama en una nueva edición revisada, actualizada, ampliada y mejorada, en una tercera etapa aún mas vigente, con toda frescura serrana.

Que un libro nazca a la luz siempre es algo nos debe deleitar, pero aun mas en estos tiempos de ajustes económicos, recortes insanos, podas de lo inmaterial y desprecio por todo aquello que no genere arbitrios mercantiles o ramplona riqueza inmediata. Mi encomio al autor y a la editorial, por tan tenaz arrojo, y mi más sincera recomendación a los entendidos lectores para que se acerquen a su repaso y consulten su ilustrado contenido antes de salir a darse paseos por estas montañas, pues con este libro, de cuidado léxico y ágil lectura, cada lugar que visitemos, nos dará mucho más de sí mismo, pudiendo además lucirnos con nuestros acompañantes, si hacemos senderismo social o montañismo cultural, citando al bueno de Julio y sus muchas anécdotas históricas, que con tanto esmero ha recopilado. O también, porque no, disfrutar con sosiego en el sillón y al amor de la lumbre, de los sustanciosos recorridos por los caminos de la historia, que nos propone.

La Sierra de Guadarrama, la montaña por excelencia para todos los castellanos del centro de la meseta, es también al menos para mí, como una Madre, ingente, indulgente y pletórica de saberes. Desde mis correrías infantiles en las que de modo inconsciente me eche a sus brazos sin tino, por Las Machotas, La Pedriza u otros escarpados predios, y que salí indemne de insensatas temeridades, casi milagrosamente y gracias a su infinita bondad, me sentí adoptado por ella, pues si no, de que me hubiera permitido sobrevivir. Más aún, cuando ya pre adolescente, quede huérfano de mi madre humana, me refugie para siempre en mi Madre Montaña, a la cual acudo constantemente cuando tengo dudas, siento desamparo, penas y amarguras. Ella siempre esta allí, siempre me escucha y tarde o temprano, siempre se manifiesta de algún modo para darnos aliento e indicarnos el camino correcto, si sabemos estar atentos, escuchando y leyendo los mensajes que nos hace llegar por distintos medios.


Por tanto me siento obligado, en nombre de esta Sierra y en el mío propio, agradecer efusivamente a mi hermano en las montañas, Julio Vías, que nos relate de modo ameno y muy bien documentado este verdadero árbol genealógico serrano de historias ligadas a lugares y topónimos agrestes, que nos harán conocer y respetar mucho mas a esta Madre Montaña Guadarrama. Con este libro podemos acceder mucho mejor a esos mensajes que aludo, que también nos pueden dar muchas pautas para nuestra supervivencia en los hostiles períodos que actualmente nos atenazan.


Ojala que muchos de los poderosos, desavisados, hagan lectura y tomen nota de tan erudito texto, pues si se acercan solo un poco al conocimiento de esta Madre Montaña, con seguridad que nunca más se atreverían a ultrajarla como tantas veces lo han hecho y siguen ambicionando hacerlo.


Las historias que nos cuenta el autor hacen Historia, en mayúsculas, pues logra convertirlas en ciencia al conjuntar todas ellas de modo magistral. Además es imprescindible tenerlas muy en cuenta, dado que si no sabemos de dónde venimos, difícilmente sabremos dónde estamos y nunca podremos bosquejar la ruta dónde vamos. La Historia que aquí leeremos es fundamentalmente una instructiva cronología cultural de los aconteceres de la Sierra en su escala más humana, que para conocer la historia física o fisiográfica deberemos acercarnos mejor a la obra de otro ilustre y notable sabio guadarramista, el montañero y geógrafo, Eduardo Martinez de Pisón. En la complementariedad de la lectura y toma en razón de ambas, seremos dignos hijos de esta Madre Montaña.

Solo existimos si permanecemos en la memoria de los demás, y cuantos más nos recuerden mas existimos. Al escribir estas Memorias del Guadarrama, el cronista Julio Vías, nos hace esta Sierra, más patente si cabe, pero también más cercana, más perdurable, más respetable, más respetada, mas amada, mas de quienes la modelaron antaño, mas parte de nosotros mismos, mas de las generaciones venideras, en suma más Madre Montaña de todos, para todos y para siempre.


Salud y montañas. Paco Piedra, invierno 2011
  




INTRODUCCIÓN A LA TERCERA EDICIÓN DEL LIBRO MEMORIAS DEL GUADARRAMA

DIEZ AÑOS DEL PROCESO DE DECLARACIÓN DE UN PARQUE NACIONAL EN EL GUADARRAMA

(A MODO DE INTRODUCCIÓN A LA TERCERA EDICIÓN DEL LIBRO

MEMORIAS DEL GUADARRAMA)


Julio Vías

La sierra de Guadarrama, a pesar de no poder competir en altura y magnificencia con otras montañas ibéricas, constituye quizá el conjunto de cumbres más cargadas de trascendencia y significados entre las muchas que accidentan la geografía española. Verdadero hito geográfico que cierra en tonos azulados los dilatados horizontes de las dos Castillas, se puede decir que esta pequeña cadena montañosa situada en el centro geográfico peninsular representa también un importante hito cultural en el que podemos reconocer, como en una nítida radiografía, los más ocultos recovecos de la génesis histórica de nuestro país. No en vano, la literatura, la historia, las ciencias, las artes y el pensamiento han encontrado en su entorno físico, en sus paisajes y en su biodiversidad un adecuado caldo de cultivo sin el cual la evolución histórica y cultural de España no hubiera sido la misma. A través de sus puertos cruzaron todos los ejércitos que invadieron la península a lo largo de la historia. Sus cumbres, valles y laderas fueron el aula y el laboratorio en los que nació y se desarrolló el cultivo de las ciencias naturales en nuestro país y en donde comenzó a formarse el embrión de nuestra moderna conciencia ambiental. Sus paisajes inspiraron algunas de las más célebres plumas de la literatura universal, hicieron surgir nuevas corrientes artísticas y pedagógicas e incluso llegaron a ser elegidos como símbolo político y espiritual de algunas ideas del regeneracionismo durante los años de la Restauración, que significaron un poderoso revulsivo en el proceso de modernización de España.

Las montañas del Guadarrama se mantuvieron apartadas durante siglos en un mundo aldeano y pastoril vinculado a las antiguas tierras medievales de Segovia, hasta que se consumó su largo proceso de dependencia de la ciudad de Madrid, iniciado por la afición de los reyes a refugiarse en ellas huyendo de los ardientes veranos de la meseta. Y es por esta especial relación por lo que la hoy gran urbe madrileña debe tanto a la vecina sierra, una deuda que se concreta no sólo en su fundación como primitiva fortaleza que guardaba el paso de los puertos durante los tiempos del emirato de Córdoba, sino también en su misma condición de corte y capital del reino, decidida por Felipe II, entre otros motivos, por la salubridad de su clima y la abundancia y pureza de sus aguas, dones ambos recibidos de las cercanas cumbres. Madrid, a cambio, acabó por dar al Guadarrama ese carácter y renombre universal que hoy vemos reflejado tanto en los relatos y descripciones de los innumerables viajeros extranjeros de todas las épocas que atravesaban sus alturas camino de la corte española, como en la gran aventura cultural que supuso su descubrimiento científico, intelectual y deportivo a lo largo de los siglos XVIII, XIX y principios del XX.

Pero al final, aquella relación armoniosa y equitativa de mutuo intercambio entre la ciudad y la sierra acabó por alterarse por completo y hoy día la gran urbe arrolladora toma mucho más de lo que da, incapaz todavía de valorar en su justa medida el gran patrimonio que está dilapidando poco a poco frente a sus insaciables demandas de crecimiento urbano, ocio y nuevas infraestructuras.

Estas Memorias del Guadarrama nacieron hace ya más de una década de las impresiones evocadas a su autor durante muchos años por unos paisajes en los que las huellas de su historia grande o pequeña no han sido aún borradas del todo por el olvido o por la tan a menudo irresponsable acción del hombre. En sus páginas se pretende destacar el cúmulo de valores que guarda todavía este relevante espacio tan peligrosamente cercano a la mayor aglomeración urbana del país, y saldar así parte de la deuda que los habitantes de Madrid y Segovia tenemos contraída con el Guadarrama recordando el importantísimo papel desempeñado por las cercanas montañas en la formación de nuestra identidad histórica y cultural. Unos valores ―hoy diríamos «intangibles»― tales como el valioso y todavía poco conocido legado de su antigua toponimia, su pasado carácter fronterizo que tanto influyó en los caminos y comunicaciones de la Castilla medieval, y la memoria histórica de las gentes de la sierra, cuyos desaparecidos oficios y modo de vida dependieron de estos montes durante generaciones.

Hoy día, cuando el término «ecología» ha desbordado impetuosamente su ámbito científico para referirse a un movimiento político de alcance mundial y a un auténtico modo de vida, también hay que recordar a aquellos precursores del conservacionismo español que hace ya más de dos siglos iniciaban los estudios de las ciencias naturales reconociendo por vez primera aquellas cumbres y bosques tan próximos y a la vez tan desconocidos. Igualmente se intenta evocar la labor de los pedagogos, artistas, escritores y algunos de los primeros deportistas, cuya sensibilidad ante aquellos paisajes nuevos y sorprendentes que iban descubriendo les era facilitada por su gran cultura y por una capacidad de recogimiento ante la naturaleza que hoy hemos perdido, y que no podemos menos que comparar con la casi general actitud de esparcimiento de los miles de aficionados a la montaña a los que la «hazaña» deportiva o la «aventura» preparada impiden muchas veces disfrutar del sosegado placer de la contemplación y de la estimulante sensación de las limitaciones del propio esfuerzo. Por último, la segunda parte del libro está dedicada a resaltar la trascendencia particular de cada uno de los más significativos parajes de la sierra.



Uno de los más destacados naturalistas que centraron sus estudios en el Guadarrama, el entomólogo Ignacio Bolívar, junto a sus nietos y su colega francés Rene Oberthur capturando insectos en Peñalara hacia 1934 (Archivo MNCN-CSIC)

En los últimos tiempos la sierra de Guadarrama ha venido cobrando un creciente protagonismo en los medios de comunicación a causa del polémico e interminable proceso de declaración de una parte de su territorio como parque nacional, un viejo proyecto hoy recuperado que cuenta ya con casi un siglo de edad a sus espaldas. Cuando en abril de 2001 el gobierno de la Comunidad de Madrid, presidido entonces por Alberto Ruiz Gallardón, hizo pública la voluntad política de declarar este espacio protegido justamente entraba en la imprenta la primera edición de este libro, por lo que apenas dio tiempo a incluir en la contraportada un breve comentario sobre esta posible declaración. En esta tercera edición, además de nuevos datos que amplían el contenido de diversos capítulos, se le añade uno nuevo dedicado a las incipientes agresiones sufridas por el Guadarrama a comienzos del siglo XX y a los consecuentes primeros intentos de protección, como la campaña emprendida a partir de 1923 por el diario madrileño El Sol para declarar un parque nacional en su territorio. Creo que con todo ello estas Memorias del Guadarrama ganan en perspectiva histórica y quedan mucho más completas.


Se suele decir que los libros, una vez han sido publicados, adquieren vida propia e independiente de la voluntad y los designios de sus autores. En el caso de éste así ha sido precisamente, lo cual es motivo de gran satisfacción para quien esto escribe ya que en sus casi diez años de andadura y a lo largo de dos ediciones parece que ha llegado al limitado pero escogido sector de lectores al que iba dirigido, adaptándose incluso su contenido para una serie documental televisiva sobre la sierra de Guadarrama rodada hace ya tres años y perdida en algún cajón de la cadena pública madrileña. Sin embargo, en lo que toca a las amenazadas montañas que protagonizan la historia narrada en sus capítulos no hay tantos motivos para sentirse optimista, ya que una década es un intervalo de espera demasiado largo en comparación con los plazos que habitualmente se manejan en los procesos de declaración de otros parques nacionales. En este caso llueve, además, sobre mojado si consideramos los más de ochenta años de olvido que acumulaba el proyecto en los polvorientos trasteros de nuestra burocracia. Poderosos intereses económicos en juego vinculados al urbanismo y al negocio de la construcción, en combinación con una evidente desidia por parte de las administraciones regionales responsables, nos han abocado a esta última década de incertidumbre, en la que se ha pasado del entusiasmo inicial al escepticismo, cuando no al más profundo desencanto.

Si atendemos a la historia reciente del conservacionismo en nuestro país, parece ya un hecho incontrovertible la necesidad de la acción popular para conseguir la declaración de nuestros más importantes parques nacionales. El caso de nuestra sierra no ha constituido una excepción y durante estos diez últimos años se ha tenido que poner en pie de guerra el veterano aunque desunido movimiento conservacionista vinculado al Guadarrama, siguiendo así la tradición iniciada en los años cincuenta del pasado siglo con las campañas para la protección de Doñana y continuada con las históricas movilizaciones que se sucedieron durante los años setenta y ochenta para proteger Monfragüe y Cabañeros. Lamentablemente, a pesar de la reciente aprobación de los dos planes autonómicos de ordenación del territorio de la sierra de Guadarrama, parece que de momento no van a cambiar demasiado las cosas en lo que atañe a las siempre inciertas perspectivas de conservación de las que sin duda son las montañas más amenazadas de nuestro país y posiblemente de toda Europa.

He tenido la oportunidad de asistir muy de cerca a esta larga sucesión de debates y movilizaciones que se han desarrollado de forma paralela a los trabajos de ordenación de los recursos naturales del territorio en cuestión, por lo que me siento obligado en cierto modo a exponer aquí mi particular valoración de los resultados de todo el proceso. Tras el anuncio oficial del proyecto, la firme determinación administrativa de los primeros momentos y la euforia en el ámbito universitario se materializaron en el curso La Sierra de Guadarrama: un reto de protección integral, impartido en los Cursos de Verano de El Escorial de 2001 y primero de los que a lo largo de varios años se han dedicado a debatir los objetivos de conservación del futuro espacio protegido. Pero a partir de los posteriores titubeos de las administraciones competentes, la tan cacareada protección integral del Guadarrama dejó de ser un «reto» y se convirtió, como veremos, en objeto de un verdadero enfrentamiento a cara de perro entre conservacionistas y responsables autonómicos que de momento está lejos de haber terminado.

En 2003 se iniciaron los estudios para elaborar el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la Sierra de Guadarrama (PORN) encargado por el gobierno regional madrileño. Un equipo científico multidisciplinar dirigido por el catedrático de Geografía Física Eduardo Martínez de Pisón empleó dos años en completar los veintiún gruesos volúmenes que ocupa el que sin duda es el estudio más completo y exhaustivo realizado hasta el momento sobre este ámbito geográfico, en el cual se apoyó una propuesta de parque nacional y de otras figuras de protección a la vez ambiciosa, equilibrada y realista. Pero los trueques y regateos propios de la política vinieron a oscurecer un panorama que se anunciaba brillante para la protección del Guadarrama: ese mismo año se produjo el tan sonado cambio de titular en la presidencia de la Comunidad de Madrid, lo que trajo consigo un brusco giro de tendencia neoliberal en la política regional. Y como era muy de temer, el compromiso asumido en la etapa anterior para sacar adelante el proyecto dejó de ser objeto del interés político y se convirtió para el nuevo gobierno en una engorrosa obligación cuyos trámites sólo iba a cumplir a trompicones empujado por una fuerte presión popular y mediática.



Subiendo por la vertiente segoviana de los montes Carpetanos durante la marcha Allende Sierra de la primavera de 2009 (Fotografía del autor)

A principios de 2004, un pequeño grupo de doce personas pertenecientes a diversas sociedades culturales, deportivas y ecologistas vinculadas a la sierra de Guadarrama desde sus dos vertientes, como Castellarnau, Peñalara, Amigos del Guadarrama, Centaurea y Ecologistas en Acción, constituimos el llamado Proyecto «Allende Sierra», que gracias a una eficaz cobertura por parte de los medios de comunicación se convirtió en una iniciativa muy eficaz a la hora de recordar su compromiso a las dos administraciones regionales implicadas, además de verdaderamente insólita en la historia del conservacionismo en nuestro país. Y es que pienso que nunca antes se había puesto en marcha en España una campaña con el objetivo de reclamar la declaración de un espacio protegido empleando la simple táctica de recorrerlo a pie una vez por cada estación del año, atravesando confines territoriales y administrativos para explicar sus valores y convencer sobre la necesidad de su declaración como tal a todo aquel que quisiera sumarse a ella. Y a lo largo de siete años, hasta el momento en que Allende Sierra se escindió y perdió toda su capacidad de convocatoria a causa de nuestras propias discrepancias internas, han sido miles de personas las que lo han hecho. Al principio fueron simples amantes de la montaña, ecologistas, deportistas, vecinos de los pueblos de la sierra y algunos pocos alcaldes, a los que pronto se les fueron sumando escritores, artistas, científicos, profesionales de los medios de comunicación, alguno de los varios consejeros de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid que se han ido sucediendo en el cargo durante estos años, líderes sindicales, representantes de partidos políticos, y hasta en cierta ocasión la por entonces ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, quien el 1 de agosto de 2004 apareció entre los piornales del puerto de Malagosto para manifestar a los cientos de personas allí congregadas el decidido apoyo de la administración central al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Eran, por descontado, tiempos de mayor compromiso y más ferviente entusiasmo…

Pero además de estas marchas se han emprendido otras muchas acciones procedentes de las más variadas orientaciones ideológicas para reclamar la protección legal y el riguroso control del negocio de la construcción en el entorno de este privilegiado territorio. Ante la imposibilidad material de referirse a todas destacaremos las mesas redondas, coloquios y movilizaciones promovidas por las distintas asociaciones ecologistas en ambas vertientes de la sierra, en especial Centaurea y Ecologistas en Acción; el Manifiesto en defensa de la Sierra de Guadarrama, firmado por un nutrido grupo de científicos, urbanistas, artistas, escritores, naturalistas y rectores de universidades madrileñas y presentado en el Ateneo de Madrid en octubre de 2006; la publicación en la prensa, en diciembre de ese mismo año, de una carta abierta firmada por treinta y siete destacadas personalidades de la vida pública española tan dispares como Baltasar Garzón, Antonio Mingote, Juan Luis Arsuaga, Luis Alberto de Cuenca, Fernando Sánchez Dragó, Pío Cabanillas, Santiago de Mora-Figueroa (marqués de Tamarón) y otros muchos; la presentación en febrero de 2008 de la llamada «Carta del Guadarrama», suscrita por numerosas instituciones de carácter cívico y cultural, entre ellas las Reales Academias de Bellas Artes y de la Historia; los ya tradicionales «Aurrulaques» organizados por Antonio Sáenz de Miera, que han contado en estos últimos años con la colaboración directa de figuras tan destacadas como el dibujante Andrés Rábago El Roto, Ricardo Aroca, decano del Colegio de Arquitectos de Madrid, y el catedrático de Paleontología y «guadarramático» (como a él le gusta denominarse) Juan Luis Arsuaga. Fue precisamente este último quien en julio de 2009 leyó, en el Mirador de Luis Rosales, al pie de Siete Picos, el ya histórico aunque poco divulgado manifiesto titulado Una alianza con el futuro, exigiendo la declaración de un espacio protegido que «puede ostentar el dudoso título de ser el que lleva más años reclamándose en el mundo y por gente más ilustre». Las palabras de Arsuaga, pronunciadas en presencia del Director General de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid, surtieron el efecto de un aguijonazo sobre las voluntades más remisas, las cuales firmaban pocos meses después, en el monasterio de El Paular, el compromiso de presentar al gobierno central la propuesta conjunta para declarar un parque nacional en la sierra de Guadarrama.


Juan Luis Arsuaga pronunciando el manifiesto Una alianza con el futuro en el mirador de Luis Rosales el 18 de julio de 2009 (Fotografía del autor)

Sin embargo, como ya hemos destacado, los derroteros de la política son oscuros e imprevisibles y ciertas reformas legales introducidas a mitad del proceso, junto al giro ultraliberal llevado a cabo por el actual gobierno de la Comunidad de Madrid, han desvirtuado completamente el proyecto original. Consecuencia de todo ello han sido la exclusión de los viejos y extensos pinares del Guadarrama del futuro espacio protegido y la obligada modificación del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la vertiente madrileña con el fin de adaptarlo a la nueva Ley de Parques Nacionales, aunque a lo que ha tenido que adaptarse en realidad es al sustancial cambio de criterios de protección impuesto con mano de hierro a la Consejería de Medio Ambiente desde los más altos órganos del gobierno de la Puerta del Sol. El nuevo documento, redactado con prisas y sin el rigor científico del que elaboró originalmente el equipo dirigido por Eduardo Martínez de Pisón, uno de los más prestigiosos expertos de toda Europa en espacios de montaña, reduce drásticamente tanto la superficie del posible parque nacional como los niveles de protección de los espacios naturales que lo rodearán, dejando abierta la puerta a futuros planes urbanísticos en terrenos que antes se iban a proteger. Es el precio que pagan nuestros entornos más privilegiados cuando en ellos se aplican las políticas neoliberales que defienden la doctrina del laissez faire en el mercado del suelo.

El tremendo desaguisado urbanístico y ambiental que se extiende por todo el piedemonte madrileño de la sierra contemplado desde la torre del homenaje del castillo de Manzanares el Real (Fotografía del autor)

Como ocurre con tantos otros paisajes relevantes de nuestros campos, costas y montañas, en torno a los mismos encinares y dehesas que inmortalizaron los cuadros de Velázquez y los versos de Machado hoy se dirimen implacables intereses económicos que siguen extendiendo sus tentáculos alrededor del negocio del ladrillo a pesar de la grave crisis del sector inmobiliario. Y si se piensa en la muy discutible gestión de algunos de nuestros mejores parques nacionales, como Doñana o las Tablas de Daimiel, condicionada por las múltiples presiones procedentes de la construcción y del aprovechamiento de las aguas subterráneas en su entorno inmediato, uno no puede sustraerse a la duda sobre si estamos encomendándonos al santo más adecuado. Y máxime cuando actualmente se está pidiendo desde algunos sectores de la conservación que nuestra política de grandes parques nacionales inspirados en el modelo norteamericano sea revisada o complementada con otras fórmulas de gestión establecidas alrededor del entramado que forman los cientos de enclaves protegidos por la Red Natura 2000.

Pero de lo que no cabe duda es que los parques nacionales españoles siguen siendo nuestros espacios naturales protegidos con más prestigio nacional e internacional y, por ello mismo, ésta parece ser la figura de conservación hoy por hoy más eficaz para contener las principales amenazas a las que se encuentra sometida la sierra de Guadarrama, que no son otras que la masiva urbanización de su territorio y la consecuente pérdida de biodiversidad en sus ecosistemas. Así que, frente a lo que se pretende en ciertos ámbitos ecologistas con la interposición de un recurso judicial contra el PORN aprobado por la administración madrileña, a mí me parece, en un último y desesperanzado alarde de posibilismo, que la apuesta tiene que seguir mereciendo la pena, aunque a algunos de los que hemos llegado a conocer los tiempos postreros de un Guadarrama todavía rural y con vida propia nos cueste aún hacernos a la idea de una montaña con marca y etiqueta oficial, intervenida y entregada ya definitivamente en aras de su conservación al acelerado mercado del ocio.

Como verá el lector que se interne en las páginas de este libro, a finales de la década de los años veinte del pasado siglo se perdió una ocasión de oro para haber declarado en estas montañas un parque nacional que posiblemente hubiera evitado algunos de los muchos males que las han afectado hasta nuestros días. Hoy, casi un siglo después, no podemos dejar pasar esta nueva y última oportunidad porque para conservar el Guadarrama en un estado medianamente natural el tiempo se nos acaba, y problemas tan acuciantes como la vertiginosa pérdida de biodiversidad en nuestro país y en todo el planeta no nos permiten fundar nuestras esperanzas en inciertos recursos judiciales y en nuevos e interminables plazos de espera que politizarían más aún los debates y darían al traste definitivamente con el proyecto. Por ello, tras estos diez largos años de expectativas más o menos frustradas y ante la inminencia de que el proceso llegue a su última fase en el supuesto de que el Ministerio de Medio Ambiente diera vía libre a una propuesta tan recortada, no nos queda otra opción que aceptar a regañadientes este mermado parque nacional que se nos ofrece.




Una ocasión perdida: reunión de la Junta de Parques Nacionales en octubre de 1929, en la que se hizo público que la sierra de Guadarrama no sería declarada como parque nacional (La Nación)

Es una simple cuestión de «tomarlo o dejarlo», como pareció haber querido dejar claro de forma expeditiva la presidenta de la Comunidad de Madrid a los más críticos con el texto definitivo del PORN durante el polémico acto celebrado en El Paular en noviembre de 2009. Y ante esta compleja disyuntiva a la que se nos ha abocado, creo que no cabe otra alternativa que reaccionar con pragmatismo y tomarlo como un adelanto a cuenta de la protección integral y definitiva del Guadarrama que por historia y justicia se nos debe desde hace tantísimo tiempo, y a la que no estamos dispuestos a renunciar.

Después de ochenta y siete años desde que fuera lanzada la primera y fallida propuesta para su declaración, la suerte vuelve a estar echada para el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Ojalá esta vez quiera serle propicia, aunque sea bajo la nueva y mezquina denominación referida sólo a las cumbres que se le quiere dar. Y si a pesar de los innumerables obstáculos que se le han puesto el proyecto saliera finalmente adelante, que nadie dude que utilizaremos el poderoso argumento a nuestro favor del espacio protegido ya declarado y seguiremos luchando todavía otros diez años, o veinte más si hace falta, con el fin de extender sus límites y generalizar en el resto del territorio de la sierra una conciencia de respeto entre sus gestores, sus habitantes y sus múltiples beneficiarios, que somos, en definitiva, quienes habremos de decidir el futuro de estas montañas.

Miraflores de la Sierra, 3 de septiembre de 2010