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viernes, 13 de mayo de 2011

Sensibilidad perdida


A continuación reproducimos el artículo de Antonio Sáenz de Miera publicado ayer en ABC:

Se pueden recorrer muchos kilómetros camino de Saint Jean de Pied de Port por el País Vasco francés sin encontrar nada en el paisaje que nos pueda herir o simplemente molestar. No me refiero sólo a las casas o a los poblados, integrados perfectamente al entorno; cualquier tipo de construcción, chamizos, pajares, garajes o almacenes se nos aparece como una continuación natural de los montes, la vegetación, las huertas y los sembrados. Es la bella Aquitania, lo siento si suena un poco relamido, de la que proceden las «blondas», esas vacas rubias y hermosas que ahora pacen en mi prado de Cercedilla mirando lánguidamente a los Siete Picos.

No puedo saber si a mis blondas les queda un vago recuerdo y una cierta nostalgia de su origen aquitano. Yo sí echo de menos esa sensibilidad, ese amor espontaneo por el paisaje, en nuestras montañas. Me dice Juan Luis Arsuaga que antes en España los pueblos, pobres o ricos, eran hermosos, que hasta hace bien poco nos parecíamos a esos vecinos nuestros del otro lado de los Pirineos, que es reciente tanta incuria y tanta dejadez. Hemos perdido el buen gusto y ese es, probablemente, uno de nuestros principales problemas. Porque lo peor quizás de las urbanizaciones y las edificaciones de todo tipo que destruyen nuestro paisaje guadarrameño es lo feas que son. ¿Qué nos ha pasado, se pregunta Arsuaga, para llegar a una situación tan lamentable? Porque este país no era así. Ni a Arsuaga ni a mí nos mueve la nostalgia o la envidia de otros paisajes, sino sobre todo el empeño «natural» por conservar y mejorar nuestro entorno.

Quizás nos estemos equivocando al invocar argumentos ecológicos para preservar nuestros campos y nuestros montes. Quizás estemos dando demasiada importancia a leyes y reglamentos cuando lo más inteligente, lo mejor que podríamos hacer es tratar de recuperar la sensibilidad perdida.


Antonio Sáenz de Miera.


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