Este sitio en la red pretende ser un lugar de encuentro entre cuantos nos preocupamos por el futuro de los parajes más notables de la naturaleza. Creemos posible conseguir un desarrollo sostenible. De todo eso queremos hablar los abajo firmantes (*), y también acoger en estas páginas virtuales los comentarios y opiniones de los interesados en estas comarcas castellanas. Así es que, amigos y amigas, entren en este sitio y lean y escriban sobre sus preocupaciones y esperanzas.

viernes, 2 de diciembre de 2011

SEO/BirdLife solicita el cierre de las minas a cielo abierto en Red Natura 2000


Por su interés, reproducimos a continuación la nocicia aparecida en http://www.ecoticias.com/ el pasado 24 de Noviembre:


SEO/BirdLife ha solicitado este jueves el cierre de las minas a cielo abierto en Red Natura 2000 y ha pedido al Gobierno de España y a la comunidad de Castilla y León un cambio decidido en sus políticas ambientales y energéticas que fomente la conservación de espacios naturales de importancia.


La organización, en un comunicado recogido por Europa Press, se refiere así a la sentencia del Tribunal de Justicia de la UE (TUE) en la que se condena a España por autorizar la explotación de minas a cielo abierto en la zona protegida del Alto Sil, en el noroeste de Castilla y León, sin evaluar su impacto medioambiental y en especies en peligro como el urogallo.
   SEO/BirdLife ha incidido en que "una vez más" se vuelve a poner de manifiesto la "larga lista" de incumplimientos de las Directivas Europeas en esta zona de alto valor natural de la provincia de León, declarada como Lugar de Importancia Comunitaria (LIC), Zona de Especial protección para las Aves (ZEPA) y Reserva de la Biosfera, donde sobreviven, entre otras, las mejores poblaciones de urogallo de la Cordillera Cantábrica, tratándose ésta de una especie en peligro de extinción.

FINANCIACIÓN PÚBLICA


   El coordinador de Conservación de la organización, Juan Carlos Atienza, considera "inaceptable" seguir financiando con fondos públicos la extracción de carbón en minas a cielo abierto en zonas de alto valor ecológico, "debido a su gran impacto sobre la biodiversidad e ir en contra de las políticas de lucha contra el cambio climático".
   Además, Atienza solicita "una mayor inversión en políticas de desarrollo rural sostenible y promover en  las cuencas mineras desarrollos alternativos basados en un respeto al medio ambiente".
   SEO/BirdLife considera que proyectos como estas minas a cielo abierto dificultan la obtención de fondos europeos para la Red Natura 2000 que deben garantizar el futuro de estas zonas.
   Además, el colectivo ha destacado que no es la primera sentencia de la Comisión Europea en este sentido, por lo que solicita al Gobierno de España y a la comunidad de Castilla y León un cambio decidido en sus políticas ambientales y energéticas que fomente la conservación de espacios naturales de importancia, "valorando los mismos como productores de riqueza y bienestar para la sociedad y buscando fórmulas alternativas de desarrollo que no hipotequen estas áreas de alto valor para generaciones futuras".

Tamarón.

SOBRE ÁRBOLES MONUMENTALES Y LA PROTECCIÓN DE LOS ALTOS PINARES DE EL PAULAR


Réquiem tardío por el coloso del pinar de los Belgas

En una anterior entrada a este mismo blog (26 de abril de 2011), de la que se hizo eco el diario El País (24 de septiembre de 2011) y que después se ha publicado en la revista Quercus (310/diciembre de 2011), hablaba sobre el incierto futuro del monte Cabeza de Hierro o pinar de los Belgas, la espléndida masa forestal que constituye la más importante reserva de biodiversidad de la Comunidad de Madrid junto con el resto de montes que forman la cabecera del valle de Lozoya.
          El hecho de que 2011 haya sido declarado Año Internacional de los Bosques, por una parte, y por otra la noticia publicada hace no mucho por El País sobre las medidas de protección que se han adoptado para garantizar la supervivencia del tejo milenario del arroyo Valhondillo http://xurl.es/ozdae me sirven de pretexto para volver a insistir sobre el problema de la protección de estos montes, recordando de paso a otro árbol majestuoso por desgracia ya desaparecido. Era el ejemplar de pino silvestre (Pinus sylvestris) más viejo de todo el Guadarrama, un patriarca vegetal con una edad estimada cercana a los cinco siglos y que hasta hace apenas quince años todavía sobrevivía heroicamente, rodeado por pinos, robles y tejos de porte igualmente magnífico, en una ladera abrupta y recóndita de este gran monte que posee y explota de forma ejemplar la Sociedad Belga de los Pinares del Paular desde hace más de siglo y medio. Era también, muy posiblemente, el ejemplar más grande y longevo de toda España, superando a otros dos soberbios ejemplares que hoy se disputan este título, como son el pino de San Roque, que todavía vegeta en solitario y con buena salud en la pelada vertiente meridional de La Peñota, en Los Molinos (Madrid), y el pino del Rey, en Covaleda (Soria).
          Lamentablemente, este venerable ejemplar de pino estaba afectado por una grave pudrición en gran parte del fuste, lo que amenazaba seriamente su supervivencia a causa de la notable inclinación con la que había crecido. La copa, retorcida y deformada por siglos de nevadas y vendavales, se elevaba por encima de los veinticinco metros de altura, lo que unido a los seis metros de perímetro del tronco y a los más de dos metros y medio de diámetro de su cepa le daba a este árbol un aspecto verdaderamente ciclópeo, que contrastaba con el porte en apariencia casi diminuto de los grandes pinos de más de cien años de edad que crecen en las inmediaciones.
          Hace ya casi un cuarto de siglo, en septiembre de 1988, con la autorización y el apoyo de la dirección de la Sociedad Belga, que nos facilitó uno de los Land Rover de la guardería del pinar, un reducido grupo de amigos subimos hasta el emplazamiento de este pino para sellar y consolidar con mortero de cemento el interior de la base del tronco, muy afectada por la pudrición, y rellenar con el mismo material algunas de las grietas que lo afectaban. Para la ocasión cargamos con un saco de cemento y otro de arena, un rollo de soga gruesa, las herramientas necesarias y un cubo donde hacer la mezcla del mortero con el agua que recogimos de un arroyo cercano. Mi amigo Pepe Nicolás, ingeniero de Montes e impulsor de aquella iniciativa, realizó un reportaje gráfico de las operaciones, algunas de cuyas fotografías se incluyen en este artículo. Una de ellas tiene un especial valor testimonial, al aparecer el gigantesco ejemplar todavía en pie y con toda su altura, dando fe para la posteridad de sus espectaculares proporciones.

  Los árboles grandes y decrépitos, al igual que algunos venerables ancianos que regalan el fruto de su sabiduría antes de morir, rinden un postrero servicio a la biodiversidad al dar cobijo a las más variadas formas de vida en sus troncos huecos. Y esta función ecológica, que tiene lugar sobre todo en los bosques maduros y menos alterados por el hombre, la cumplía nuestro viejo pino desde hacía cientos de años al servir de refugio a distintas especies de aves y mamíferos. Tuvimos constancia de ello ya en un primer reconocimiento, cuando, al introducir la mano en el interior de una de las grandes oquedades del tronco, a casi tres metros de altura, encontré la pata trasera de un corzo joven completamente momificada, posiblemente escondida allí por un gato montés o por un gran búho real quién sabe cuántas generaciones antes.


  Pero nuestra ingenua pretensión de alargar la vida al coloso fue inútil. La existencia de los seres vivos está marcada inexorablemente por el paso del tiempo, por las condiciones ambientales del entorno y por el azar siempre cambiante de la naturaleza. Un azar que fue el responsable de que el pino naciera precisamente en este lugar y echara sus primeras raíces a finales del siglo XV, cuando estas tierras del valle de Lozoya aún pertenecían a Segovia, más o menos por la misma época en la que el arquitecto Juan Guas levantaba el bellísimo claustro gótico del vecino monasterio de El Paular por encargo de los Reyes Católicos. Un azar que le hizo sobrevivir a los grandes temporales de nieve que azotaron la sierra entre los siglos XV y XXVIII, en el período climático frío que los paleoclimatólogos han denominado como Pequeña Edad del Hielo; el mismo azar, en definitiva, que, sin sospecharlo nosotros, acabaría con su larga vida apenas ocho años después de nuestra visita.
          A comienzos de la tercera semana del mes de enero de 1996, un temporal como no recordaban los vecinos más viejos de los pueblos del Guadarrama, que duró tres días enteros, cubrió los puertos y las altas laderas de la sierra con una capa de nieve de tres a cinco metros de espesor. Las bajísimas temperaturas de los días siguientes mantuvieron las copas de los pinos más altos y añosos cargadas con cientos de kilos de nieve helada (los pinos más jóvenes y de menor altura quedaron literalmente sepultados), hasta que el día 28 volvieron las fuertes nevadas, pero esta vez acompañadas de vientos huracanados. Las derrotas, que es como tradicionalmente se conocen en el Guadarrama a los efectos devastadores del viento sobre los viejos pinares de la sierra, afectaron a miles de hectáreas de terreno en las altas laderas de los montes de Valsaín, El Espinar, Cercedilla, El Paular y Navafría. Millones de pinos se troncharon por la mitad como simples cerillas, o cayeron arrancados de raíz por la fuerza del viento y el enorme peso de la nieve acumulada en sus copas. Fue un verdadero desastre forestal cuyos efectos se pueden apreciar todavía hoy en las partes más altas y abruptas de los pinares, allí donde no fue posible retirar, ni siquiera con recuas de mulas, los restos de las decenas de miles de pinos partidos en dos o arrancados de cuajo, que allí siguen descomponiéndose al ritmo pausado que impone la naturaleza.
          Nuestro enorme ejemplar de pino, que había sobrevivido a infinidad de temporales a lo largo de su vida centenaria y que en sus últimos tiempos había resistido, ya muy viejo y debilitado, a las copiosísimas nevadas del invierno de 1972 y al gran huracán de diciembre de 1980, que arrancó de cuajo uno de los pilares del repetidor de televisión de la cumbre de las Guarramillas y derribó parte de la vieja chimenea de la serrería de la Sociedad Belga, esta vez sucumbió a la fuerza combinada de la nieve y el viento, desencadenada con una intensidad tal como no recordaban los lugareños más ancianos ni las crónicas forestales más antiguas. La caída del gigante cargado de nieve debió ser un espectáculo sobrecogedor que rasgó con gran estrépito el silencio del bosque. Nadie fue testigo de ella.
          En el verano de 2010, preocupado por la inevitable y cada vez más cercana desaparición de los restos del árbol, Pepe volvió al lugar provisto de una cuerda y una cinta métrica y midió escrupulosamente las dimensiones del fuste para dejar constancia de su tamaño en los anales y memorias de la ciencia forestal. Y no contento con ello, en noviembre de 2011 me propuso volver a subir para intentar extraer un testigo de la madera muerta con una barrena de Pressler, operación que de haberse podido realizar satisfactoriamente (no encontramos ninguna parte del tronco sin pudrición) nos habría permitido hacer una estimación más aproximada de la edad que tenía el árbol en el momento de su muerte
          Yo no había vuelto por allí desde aquella lejana fecha de 1988, y cuando llegamos al apartado paraje no pude evitar que me embargara una profunda sensación de tristeza. Allí estaba, tendido sobre la ladera, el enorme tronco muerto del patriarca de los pinos del Guadarrama y de toda España, cubierto de musgo en su base y blanqueado por el sol y los hielos como la osamenta antediluviana de un megaterio. A pesar de su tamaño y su espectacularidad era prácticamente desconocido por excursionistas, botánicos y la mayoría de técnicos de la administración forestal de la Comunidad de Madrid, y por ello nunca tuvo una denominación popular, al contrario que otros célebres ejemplares de su misma especie y similar tamaño, como fueron el pino Golondrino y el gigantesco pino de la Bota, que sobrevivieron en los vecinos pinares de Valsaín hasta los años treinta del siglo pasado. Por esta misma razón tampoco llegó a figurar en el Catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid, vigente desde 1992, y posiblemente ni falta que hizo. Con estas líneas que aquí le dedicamos, queremos dejar memoria de su existencia una vez que desaparezcan sus restos.


La máxima protección para los altos pinares de El Paular

          Sé que quien lea estas líneas echará en falta, como complemento a la historia del gran árbol, alguna información sobre su ubicación. Pero como comparto plenamente la filosofía del “Decálogo ético para la visita y conservación de los árboles y bosques monumentales silvestres”, que elaboró hace ya tiempo un grupo de naturalistas e intelectuales reunidos en la Asociación de Amigos del Tejo http://xurl.es/7pf3j, omitiré deliberadamente cualquier tipo de información que pueda servir para localizar este paraje.
          Y me justifico: el legítimo interés de los ciudadanos por conocer los lugares más raros, apartados y valiosos de nuestra geografía ha convertido a la naturaleza más agreste y solitaria en un artículo de consumo sujeto a las implacables leyes del mercado. Las facilidades que hoy día dan Internet y los modernos dispositivos GPS para divulgar la localización de estos enclaves los expone al acoso turístico más despiadado, con todos los riesgos que ello implica. Y en la sierra de Guadarrama, el ejemplo más significativo de este tipo de problemas lo encontramos en el ya mencionado tejo del arroyo Valhondillo (y no Barondillo, como repetida y erróneamente se transcribe este topónimo en guías, artículos de prensa e incluso en la cartografía más habitual).
          Para quien no haya oído hablar de este árbol, habrá que explicar que es un verdadero monumento viviente casi dos veces milenario, considerado por algunos botánicos como el árbol más viejo de la península Ibérica. Se calcula que debió nacer hacia el siglo III o IV de nuestra era, en la última época de la Hispania romana. Creció con lozanía durante más de mil años, mientras a sus pies se sucedían hechos históricos tales como la invasión visigoda, la ocupación musulmana del valle de Lozoya, la repoblación cristiana de las aldeas de Rascafría, Oteruelo, Alameda y Pinilla, y la fundación de la vecina cartuja de El Paular. Su lento declive y la pudrición de su madera se pudieron iniciar hace ya más de tres siglos, cuando en sus inmediaciones se construía el bellísimo puente de piedra de la Angostura para que el rey Felipe V cruzara el Lozoya con comodidad. Hoy, en pleno siglo XXI, con su tronco de casi diez metros de perímetro ya completamente ahuecado, todavía se aferra tenazmente a la vida junto a unas decenas de vetustos ejemplares de la misma especie (Taxus baccata), en un paraje hasta no hace mucho tiempo desconocido y recóndito situado en el monte de La Cinta, en las vertientes septentrionales de la Cuerda Larga. En la foto que sigue, aparece con su fuste carcomido y sus formas fantasmagóricas junto a uno de sus guardianes, el biólogo del Parque Natural de Peñalara, José Luis Izquierdo.


          Curiosamente, podríamos decir con toda propiedad que este árbol venerable es segoviano de pura cepa, a pesar de estar situado en territorio de la Comunidad de Madrid. Y es que el monte de La Cinta, que se extiende por las altas vertientes de Peñalara y las Cabezas de Hierro formando una estrecha y elevada franja de pinar que orla por su parte superior a una gran parte del pinar de los Belgas –de ahí su nombre de cinta–, constituye el último testimonio patrimonial del antiguo dominio segoviano sobre las tierras del valle de Lozoya, al pertenecer todavía hoy a la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia, la vieja institución medieval que repobló los territorios allende sierra a finales del siglo XII. Esto quiere decir que la vieja ciudad castellana es, sobre el papel, la propietaria del que posiblemente sea el árbol más longevo y valioso de la península Ibérica, y lo es desde hace más de ochocientos años. Por ello, haciendo alarde de la autoridad moral –ya que no legal– que le otorga esta circunstancia histórica, Segovia tiene la obligación de sumarse a los que reclamamos un mayor grado de protección para este patriarca vegetal ante las nuevas amenazas a las que se está viendo sometido.
          En los últimos años, el gran tejo del monte de La Cinta ha acaparado la atención de los medios de comunicación y ha sido objeto de frecuentes referencias en todas las guías de senderismo dedicadas a la sierra de Guadarrama y en los innumerables blogs que tratan sobre temas de naturaleza y ecoturismo. Su fama está ya tan extendida que son varias las empresas de turismo rural que ofertan visitas al apartado enclave donde estos viejos árboles sobreviven de forma más o menos precaria. 
          Esta afluencia incontrolada de grupos de excursionistas, cada vez más numerosos y muy poco conscientes de la fragilidad de estos árboles monumentales, está teniendo consecuencias muy perjudiciales, como son la compactación del suelo bajo su extensa copa por el pisoteo continuo, el descalce de las raíces y la rotura de ramas por el peso de algunas personas irresponsables que trepan a ellos para fotografiarse, efectos que pueden acabar con la vida de los ejemplares más viejos y enfermos en unos pocos años. La prueba más explícita de ello es la fotografía que publicó El País en el artículo citado anteriormente, en la que un grupo de niños todavía inocentes aparece en el interior del tronco del gran tejo milenario mientras son fotografiados probablemente por su padre, el supuesto responsable de su educación cívica, que dispara su cámara encaramado en las ramas. La imagen habla por sí misma y sobran los comentarios.
          Hace no mucho tiempo, la dirección del Parque Natural de Peñalara ha rodeado parcialmente a este árbol con un muro de piedra para impedir el acceso al tentador y fotogénico abrigo que ofrece su tronco hueco y evitar el pisoteo del terreno sobre el que vegeta, una medida inaplazable aunque discutible para los que consideramos más conveniente que se limite el número de visitantes y se prohíba el acceso directo a la mayor parte del enclave para salvaguardar la integridad del resto de los ejemplares. Así lo solicitamos en las alegaciones al Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la Sierra de Guadarrama, que presentamos en su día en la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid.
          En cuanto al otro protagonista de nuestra historia, el coloso del pinar de los Belgas, está claro que ya nadie puede causarle daño pues su tronco derribado y muerto se descompone lentamente desde hace quince años, dejando todavía constancia de su descomunal tamaño. Pero una afluencia masiva de excursionistas sí podría afectar seriamente al resto de árboles monumentales que lo rodean, como los dos tejos moribundos –uno de ellos milenario– que desde unos pocos metros de distancia, ladera arriba, parecen velar solemnemente los restos de su viejo compañero de tantos siglos, o los rodales de enormes robles que salpican esta ladera entre la masa abierta del pinar. Un gran nido de buitres negros, emplazado a unos escasos cientos metros sobre la copa de un pino centenario, preside este severo e imponente enclave de naturaleza arcaica y salvaje, uno de los últimos que van quedando en la sierra de Guadarrama.


          Ni los tejos monumentales del monte de La Cinta, ni los vetustos ejemplares del pinar de los Belgas gozan actualmente de unos niveles de protección adecuados a los irreemplazables valores que guardan. Todos ellos están situados dentro de la Zona Periférica de Protección (ZPP) del Parque Natural de Peñalara, y quedan incluidos en la Zona de Conservación y Mantenimiento de los Usos Tradicionales (ZCMUT) del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales (PORN) de la Sierra de Guadarrama, en donde no se contempla la posibilidad de que los enclaves donde se refugian estas valiosas y amenazadas muestras de vegetación relicta queden preservados permanentemente de la afluencia humana masiva, como sí lo están, dentro de las cercanas Zonas de Reserva (ZR), las igualmente frágiles lagunas, charcas y turberas de origen glaciar del entorno de la cumbre de Peñalara.
          Sin embargo, con la nueva Ley de Parques Nacionales en la mano sería muy factible poner fin a este agravio comparativo, sobre todo en el caso absurdo de los tejos milenarios de Valhondillo, que se quedan fuera de la Zona de Máxima Protección (ZMP) por unos escasos cientos de metros, sin que les haya servido para nada esa condición de patriarcas forestales de la península Ibérica que ostentan algunos de ellos. El emplazamiento de la mayor parte de estos árboles en laderas situadas por encima de los 1.600 metros de altitud posibilitaría su inclusión en el proyectado parque nacional junto con la totalidad de lo que en términos dasocráticos se conoce como “cuarteles de protección”, es decir, estas mismas zonas más elevadas de los pinares de la cabecera del valle de Lozoya, que suelen quedar excluidas de los aprovechamientos forestales por sus funciones de conservación.  
          Sobre la necesidad de la inclusión de los altos pinares en el mal concebido y peor denominado Parque Nacional de las Cumbres de la Sierra de Guadarrama ya nos hemos pronunciado anteriormente. La última vez que lo hicimos fue a través de un manifiesto redactado por un equipo de expertos encabezados por el catedrático de Geografía Física Eduardo Martínez de Pisón, que fue presentado en el salón de actos de la Fundación Caja Madrid en marzo de 2011 http://xurl.es/6b4g1. En este documento se solicitó a las administraciones competentes que introdujeran en el proyecto definitivo un conjunto de ampliaciones del ámbito territorial propuesto como parque nacional, entre las que figuran los cuarteles de protección de los pinares de Valsaín, cuya inclusión en el ámbito del futuro espacio protegido fue ofrecida en su día por la que fue ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona. Para no tensar demasiado la cuerda de nuestras exigencias en un momento en el que el proceso de declaración del parque estaba a punto de irse a pique a causa de las reticencias de unos y otros, se decidió presentar una propuesta de mínimos y no incluir, de momento, estas mismas zonas altas de los pinares de El Paular, en su mayor parte de propiedad privada.


Sin embargo, esta omisión voluntaria no presupone la renuncia de los firmantes a la futura inclusión de estos bosques en el que ya se ha convertido, antes incluso de su declaración, en el espacio natural protegido más controvertido y peleado de la historia del conservacionismo en nuestro país. La nueva Ley de Parques Nacionales aprobada en 2007 declara expresamente «de interés general del Estado» –en su anterior redacción se empleaba el término “Nación”– la conservación de los valores naturales y culturales de estos espacios protegidos «ya sea por la belleza de sus paisajes, la representatividad de sus ecosistemas o la singularidad de su flora o su fauna». Y aunque según esta misma ley son hoy las comunidades autónomas las encargadas de proponer al gobierno central los territorios que han de formar parte de todo parque nacional en proyecto, queremos recordar aquí a todas y cada una de las administraciones competentes que, además de los graves pero un tanto etéreos problemas que suponen el incremento de la  prima de riesgo y los intereses de la deuda soberana, no puede haber nada que justifique más el interés general de la Nación –aquí el término “Estado” resulta demasiado aséptico– que la máxima protección de unos árboles monumentales que han contemplado el devenir de la historia de España desde sus más remotos orígenes, y que son parte fundamental de nuestro patrimonio natural y cultural más querido. Esperemos que tomen cumplida nota de ello para el futuro, aún en el caso, más que probable, de que para entonces el Ministerio de Medio Ambiente haya sido ya sacrificado en aras de la tranquilidad de los mercados.

                                                                                                 Madrid, diciembre de 2011

                                                                             
Texto: Julio Vías
Fotografías: José Nicolás y Julio Vías


jueves, 1 de diciembre de 2011

Montañas dibujadas


Reproducimos a continuación el artículo de Antonio Sáenz de Miera publicado en ABC el lunes 28 de Noviembre:

No es la primera vez que escribo de Eduardo Martínez de Pisón y me alegra saber que tendré que seguir haciéndolo porque, tras su jubilación como profesor de la Autónoma, ha iniciado probablemente la etapa más brillante y creativa de su vida intelectual. Está en todas los lugares en las que debe de estar un geógrafo ilustre y preocupado: en los volcanes, en las montañas, en el territorio social y científico y, sobre todo, en aquellos puntos de observación y vigilancia para la protección de la naturaleza y el paisaje que requieren de su autoridad y sus criterios. En esta ocasión le podemos «descubrir» como un gran dibujante, faceta que algunos ya conocíamos pero que hasta ahora no había sido objeto de una publicación. Martínez de Pisón dibuja montañas siguiendo un movimiento consolidado principalmente a lo largo de los siglos XVIII y XIX como nos lo explica y detalla, con una erudición asombrosa, en la introducción de su nuevo libro «Montañas Dibujadas» publicado por Desnivel en una bellísima edición. Martínez de Pisón lleva al papel, con el lápiz o la plumilla, los numerosos paisajes que ha conocido a lo largo de su vida. Este ha sido un magnífico recurso para el ejercicio de su profesión de geógrafo, pero es más que evidente que ha sido sobre todo un placer. Recurso profesional y afición personal que ahora, afortunadamente, podemos conocer y disfrutar los lectores de su obra. Aquí tenemos a Martínez de Pisón en estado puro. En sus dibujos o en sus viñetas podemos ver su amor por la naturaleza, su rigor, su delicadeza, sus conocimientos y su sensibilidad. Y, claro está, su arte. No es verdad, como dice, que lo que el ha dibujado esté al alcance de cualquiera. La realidad es que este nuevo libro suyo solo podía ser de él. Lo vemos en la portada: Montañas Dibujadas por Eduardo Martínez de Pisón.

Antonio Sáenz de Miera.