Este sitio en la red pretende ser un lugar de encuentro entre cuantos nos preocupamos por el futuro de los parajes más notables de la naturaleza. Creemos posible conseguir un desarrollo sostenible. De todo eso queremos hablar los abajo firmantes (*), y también acoger en estas páginas virtuales los comentarios y opiniones de los interesados en estas comarcas castellanas. Así es que, amigos y amigas, entren en este sitio y lean y escriban sobre sus preocupaciones y esperanzas.

miércoles, 16 de febrero de 2011

MEMORIAS DEL GUADARRAMA. LA MADRE MONTAÑA

El insigne montañero e historiador, Julio Vías, cómplice nuestro en andadas y trasiegos montaraces, a republicado su libro Memorias del Guadarrama en una nueva edición revisada, actualizada, ampliada y mejorada, en una tercera etapa aún mas vigente, con toda frescura serrana.

Que un libro nazca a la luz siempre es algo nos debe deleitar, pero aun mas en estos tiempos de ajustes económicos, recortes insanos, podas de lo inmaterial y desprecio por todo aquello que no genere arbitrios mercantiles o ramplona riqueza inmediata. Mi encomio al autor y a la editorial, por tan tenaz arrojo, y mi más sincera recomendación a los entendidos lectores para que se acerquen a su repaso y consulten su ilustrado contenido antes de salir a darse paseos por estas montañas, pues con este libro, de cuidado léxico y ágil lectura, cada lugar que visitemos, nos dará mucho más de sí mismo, pudiendo además lucirnos con nuestros acompañantes, si hacemos senderismo social o montañismo cultural, citando al bueno de Julio y sus muchas anécdotas históricas, que con tanto esmero ha recopilado. O también, porque no, disfrutar con sosiego en el sillón y al amor de la lumbre, de los sustanciosos recorridos por los caminos de la historia, que nos propone.

La Sierra de Guadarrama, la montaña por excelencia para todos los castellanos del centro de la meseta, es también al menos para mí, como una Madre, ingente, indulgente y pletórica de saberes. Desde mis correrías infantiles en las que de modo inconsciente me eche a sus brazos sin tino, por Las Machotas, La Pedriza u otros escarpados predios, y que salí indemne de insensatas temeridades, casi milagrosamente y gracias a su infinita bondad, me sentí adoptado por ella, pues si no, de que me hubiera permitido sobrevivir. Más aún, cuando ya pre adolescente, quede huérfano de mi madre humana, me refugie para siempre en mi Madre Montaña, a la cual acudo constantemente cuando tengo dudas, siento desamparo, penas y amarguras. Ella siempre esta allí, siempre me escucha y tarde o temprano, siempre se manifiesta de algún modo para darnos aliento e indicarnos el camino correcto, si sabemos estar atentos, escuchando y leyendo los mensajes que nos hace llegar por distintos medios.


Por tanto me siento obligado, en nombre de esta Sierra y en el mío propio, agradecer efusivamente a mi hermano en las montañas, Julio Vías, que nos relate de modo ameno y muy bien documentado este verdadero árbol genealógico serrano de historias ligadas a lugares y topónimos agrestes, que nos harán conocer y respetar mucho mas a esta Madre Montaña Guadarrama. Con este libro podemos acceder mucho mejor a esos mensajes que aludo, que también nos pueden dar muchas pautas para nuestra supervivencia en los hostiles períodos que actualmente nos atenazan.


Ojala que muchos de los poderosos, desavisados, hagan lectura y tomen nota de tan erudito texto, pues si se acercan solo un poco al conocimiento de esta Madre Montaña, con seguridad que nunca más se atreverían a ultrajarla como tantas veces lo han hecho y siguen ambicionando hacerlo.


Las historias que nos cuenta el autor hacen Historia, en mayúsculas, pues logra convertirlas en ciencia al conjuntar todas ellas de modo magistral. Además es imprescindible tenerlas muy en cuenta, dado que si no sabemos de dónde venimos, difícilmente sabremos dónde estamos y nunca podremos bosquejar la ruta dónde vamos. La Historia que aquí leeremos es fundamentalmente una instructiva cronología cultural de los aconteceres de la Sierra en su escala más humana, que para conocer la historia física o fisiográfica deberemos acercarnos mejor a la obra de otro ilustre y notable sabio guadarramista, el montañero y geógrafo, Eduardo Martinez de Pisón. En la complementariedad de la lectura y toma en razón de ambas, seremos dignos hijos de esta Madre Montaña.

Solo existimos si permanecemos en la memoria de los demás, y cuantos más nos recuerden mas existimos. Al escribir estas Memorias del Guadarrama, el cronista Julio Vías, nos hace esta Sierra, más patente si cabe, pero también más cercana, más perdurable, más respetable, más respetada, mas amada, mas de quienes la modelaron antaño, mas parte de nosotros mismos, mas de las generaciones venideras, en suma más Madre Montaña de todos, para todos y para siempre.


Salud y montañas. Paco Piedra, invierno 2011
  




INTRODUCCIÓN A LA TERCERA EDICIÓN DEL LIBRO MEMORIAS DEL GUADARRAMA

DIEZ AÑOS DEL PROCESO DE DECLARACIÓN DE UN PARQUE NACIONAL EN EL GUADARRAMA

(A MODO DE INTRODUCCIÓN A LA TERCERA EDICIÓN DEL LIBRO

MEMORIAS DEL GUADARRAMA)


Julio Vías

La sierra de Guadarrama, a pesar de no poder competir en altura y magnificencia con otras montañas ibéricas, constituye quizá el conjunto de cumbres más cargadas de trascendencia y significados entre las muchas que accidentan la geografía española. Verdadero hito geográfico que cierra en tonos azulados los dilatados horizontes de las dos Castillas, se puede decir que esta pequeña cadena montañosa situada en el centro geográfico peninsular representa también un importante hito cultural en el que podemos reconocer, como en una nítida radiografía, los más ocultos recovecos de la génesis histórica de nuestro país. No en vano, la literatura, la historia, las ciencias, las artes y el pensamiento han encontrado en su entorno físico, en sus paisajes y en su biodiversidad un adecuado caldo de cultivo sin el cual la evolución histórica y cultural de España no hubiera sido la misma. A través de sus puertos cruzaron todos los ejércitos que invadieron la península a lo largo de la historia. Sus cumbres, valles y laderas fueron el aula y el laboratorio en los que nació y se desarrolló el cultivo de las ciencias naturales en nuestro país y en donde comenzó a formarse el embrión de nuestra moderna conciencia ambiental. Sus paisajes inspiraron algunas de las más célebres plumas de la literatura universal, hicieron surgir nuevas corrientes artísticas y pedagógicas e incluso llegaron a ser elegidos como símbolo político y espiritual de algunas ideas del regeneracionismo durante los años de la Restauración, que significaron un poderoso revulsivo en el proceso de modernización de España.

Las montañas del Guadarrama se mantuvieron apartadas durante siglos en un mundo aldeano y pastoril vinculado a las antiguas tierras medievales de Segovia, hasta que se consumó su largo proceso de dependencia de la ciudad de Madrid, iniciado por la afición de los reyes a refugiarse en ellas huyendo de los ardientes veranos de la meseta. Y es por esta especial relación por lo que la hoy gran urbe madrileña debe tanto a la vecina sierra, una deuda que se concreta no sólo en su fundación como primitiva fortaleza que guardaba el paso de los puertos durante los tiempos del emirato de Córdoba, sino también en su misma condición de corte y capital del reino, decidida por Felipe II, entre otros motivos, por la salubridad de su clima y la abundancia y pureza de sus aguas, dones ambos recibidos de las cercanas cumbres. Madrid, a cambio, acabó por dar al Guadarrama ese carácter y renombre universal que hoy vemos reflejado tanto en los relatos y descripciones de los innumerables viajeros extranjeros de todas las épocas que atravesaban sus alturas camino de la corte española, como en la gran aventura cultural que supuso su descubrimiento científico, intelectual y deportivo a lo largo de los siglos XVIII, XIX y principios del XX.

Pero al final, aquella relación armoniosa y equitativa de mutuo intercambio entre la ciudad y la sierra acabó por alterarse por completo y hoy día la gran urbe arrolladora toma mucho más de lo que da, incapaz todavía de valorar en su justa medida el gran patrimonio que está dilapidando poco a poco frente a sus insaciables demandas de crecimiento urbano, ocio y nuevas infraestructuras.

Estas Memorias del Guadarrama nacieron hace ya más de una década de las impresiones evocadas a su autor durante muchos años por unos paisajes en los que las huellas de su historia grande o pequeña no han sido aún borradas del todo por el olvido o por la tan a menudo irresponsable acción del hombre. En sus páginas se pretende destacar el cúmulo de valores que guarda todavía este relevante espacio tan peligrosamente cercano a la mayor aglomeración urbana del país, y saldar así parte de la deuda que los habitantes de Madrid y Segovia tenemos contraída con el Guadarrama recordando el importantísimo papel desempeñado por las cercanas montañas en la formación de nuestra identidad histórica y cultural. Unos valores ―hoy diríamos «intangibles»― tales como el valioso y todavía poco conocido legado de su antigua toponimia, su pasado carácter fronterizo que tanto influyó en los caminos y comunicaciones de la Castilla medieval, y la memoria histórica de las gentes de la sierra, cuyos desaparecidos oficios y modo de vida dependieron de estos montes durante generaciones.

Hoy día, cuando el término «ecología» ha desbordado impetuosamente su ámbito científico para referirse a un movimiento político de alcance mundial y a un auténtico modo de vida, también hay que recordar a aquellos precursores del conservacionismo español que hace ya más de dos siglos iniciaban los estudios de las ciencias naturales reconociendo por vez primera aquellas cumbres y bosques tan próximos y a la vez tan desconocidos. Igualmente se intenta evocar la labor de los pedagogos, artistas, escritores y algunos de los primeros deportistas, cuya sensibilidad ante aquellos paisajes nuevos y sorprendentes que iban descubriendo les era facilitada por su gran cultura y por una capacidad de recogimiento ante la naturaleza que hoy hemos perdido, y que no podemos menos que comparar con la casi general actitud de esparcimiento de los miles de aficionados a la montaña a los que la «hazaña» deportiva o la «aventura» preparada impiden muchas veces disfrutar del sosegado placer de la contemplación y de la estimulante sensación de las limitaciones del propio esfuerzo. Por último, la segunda parte del libro está dedicada a resaltar la trascendencia particular de cada uno de los más significativos parajes de la sierra.



Uno de los más destacados naturalistas que centraron sus estudios en el Guadarrama, el entomólogo Ignacio Bolívar, junto a sus nietos y su colega francés Rene Oberthur capturando insectos en Peñalara hacia 1934 (Archivo MNCN-CSIC)

En los últimos tiempos la sierra de Guadarrama ha venido cobrando un creciente protagonismo en los medios de comunicación a causa del polémico e interminable proceso de declaración de una parte de su territorio como parque nacional, un viejo proyecto hoy recuperado que cuenta ya con casi un siglo de edad a sus espaldas. Cuando en abril de 2001 el gobierno de la Comunidad de Madrid, presidido entonces por Alberto Ruiz Gallardón, hizo pública la voluntad política de declarar este espacio protegido justamente entraba en la imprenta la primera edición de este libro, por lo que apenas dio tiempo a incluir en la contraportada un breve comentario sobre esta posible declaración. En esta tercera edición, además de nuevos datos que amplían el contenido de diversos capítulos, se le añade uno nuevo dedicado a las incipientes agresiones sufridas por el Guadarrama a comienzos del siglo XX y a los consecuentes primeros intentos de protección, como la campaña emprendida a partir de 1923 por el diario madrileño El Sol para declarar un parque nacional en su territorio. Creo que con todo ello estas Memorias del Guadarrama ganan en perspectiva histórica y quedan mucho más completas.


Se suele decir que los libros, una vez han sido publicados, adquieren vida propia e independiente de la voluntad y los designios de sus autores. En el caso de éste así ha sido precisamente, lo cual es motivo de gran satisfacción para quien esto escribe ya que en sus casi diez años de andadura y a lo largo de dos ediciones parece que ha llegado al limitado pero escogido sector de lectores al que iba dirigido, adaptándose incluso su contenido para una serie documental televisiva sobre la sierra de Guadarrama rodada hace ya tres años y perdida en algún cajón de la cadena pública madrileña. Sin embargo, en lo que toca a las amenazadas montañas que protagonizan la historia narrada en sus capítulos no hay tantos motivos para sentirse optimista, ya que una década es un intervalo de espera demasiado largo en comparación con los plazos que habitualmente se manejan en los procesos de declaración de otros parques nacionales. En este caso llueve, además, sobre mojado si consideramos los más de ochenta años de olvido que acumulaba el proyecto en los polvorientos trasteros de nuestra burocracia. Poderosos intereses económicos en juego vinculados al urbanismo y al negocio de la construcción, en combinación con una evidente desidia por parte de las administraciones regionales responsables, nos han abocado a esta última década de incertidumbre, en la que se ha pasado del entusiasmo inicial al escepticismo, cuando no al más profundo desencanto.

Si atendemos a la historia reciente del conservacionismo en nuestro país, parece ya un hecho incontrovertible la necesidad de la acción popular para conseguir la declaración de nuestros más importantes parques nacionales. El caso de nuestra sierra no ha constituido una excepción y durante estos diez últimos años se ha tenido que poner en pie de guerra el veterano aunque desunido movimiento conservacionista vinculado al Guadarrama, siguiendo así la tradición iniciada en los años cincuenta del pasado siglo con las campañas para la protección de Doñana y continuada con las históricas movilizaciones que se sucedieron durante los años setenta y ochenta para proteger Monfragüe y Cabañeros. Lamentablemente, a pesar de la reciente aprobación de los dos planes autonómicos de ordenación del territorio de la sierra de Guadarrama, parece que de momento no van a cambiar demasiado las cosas en lo que atañe a las siempre inciertas perspectivas de conservación de las que sin duda son las montañas más amenazadas de nuestro país y posiblemente de toda Europa.

He tenido la oportunidad de asistir muy de cerca a esta larga sucesión de debates y movilizaciones que se han desarrollado de forma paralela a los trabajos de ordenación de los recursos naturales del territorio en cuestión, por lo que me siento obligado en cierto modo a exponer aquí mi particular valoración de los resultados de todo el proceso. Tras el anuncio oficial del proyecto, la firme determinación administrativa de los primeros momentos y la euforia en el ámbito universitario se materializaron en el curso La Sierra de Guadarrama: un reto de protección integral, impartido en los Cursos de Verano de El Escorial de 2001 y primero de los que a lo largo de varios años se han dedicado a debatir los objetivos de conservación del futuro espacio protegido. Pero a partir de los posteriores titubeos de las administraciones competentes, la tan cacareada protección integral del Guadarrama dejó de ser un «reto» y se convirtió, como veremos, en objeto de un verdadero enfrentamiento a cara de perro entre conservacionistas y responsables autonómicos que de momento está lejos de haber terminado.

En 2003 se iniciaron los estudios para elaborar el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la Sierra de Guadarrama (PORN) encargado por el gobierno regional madrileño. Un equipo científico multidisciplinar dirigido por el catedrático de Geografía Física Eduardo Martínez de Pisón empleó dos años en completar los veintiún gruesos volúmenes que ocupa el que sin duda es el estudio más completo y exhaustivo realizado hasta el momento sobre este ámbito geográfico, en el cual se apoyó una propuesta de parque nacional y de otras figuras de protección a la vez ambiciosa, equilibrada y realista. Pero los trueques y regateos propios de la política vinieron a oscurecer un panorama que se anunciaba brillante para la protección del Guadarrama: ese mismo año se produjo el tan sonado cambio de titular en la presidencia de la Comunidad de Madrid, lo que trajo consigo un brusco giro de tendencia neoliberal en la política regional. Y como era muy de temer, el compromiso asumido en la etapa anterior para sacar adelante el proyecto dejó de ser objeto del interés político y se convirtió para el nuevo gobierno en una engorrosa obligación cuyos trámites sólo iba a cumplir a trompicones empujado por una fuerte presión popular y mediática.



Subiendo por la vertiente segoviana de los montes Carpetanos durante la marcha Allende Sierra de la primavera de 2009 (Fotografía del autor)

A principios de 2004, un pequeño grupo de doce personas pertenecientes a diversas sociedades culturales, deportivas y ecologistas vinculadas a la sierra de Guadarrama desde sus dos vertientes, como Castellarnau, Peñalara, Amigos del Guadarrama, Centaurea y Ecologistas en Acción, constituimos el llamado Proyecto «Allende Sierra», que gracias a una eficaz cobertura por parte de los medios de comunicación se convirtió en una iniciativa muy eficaz a la hora de recordar su compromiso a las dos administraciones regionales implicadas, además de verdaderamente insólita en la historia del conservacionismo en nuestro país. Y es que pienso que nunca antes se había puesto en marcha en España una campaña con el objetivo de reclamar la declaración de un espacio protegido empleando la simple táctica de recorrerlo a pie una vez por cada estación del año, atravesando confines territoriales y administrativos para explicar sus valores y convencer sobre la necesidad de su declaración como tal a todo aquel que quisiera sumarse a ella. Y a lo largo de siete años, hasta el momento en que Allende Sierra se escindió y perdió toda su capacidad de convocatoria a causa de nuestras propias discrepancias internas, han sido miles de personas las que lo han hecho. Al principio fueron simples amantes de la montaña, ecologistas, deportistas, vecinos de los pueblos de la sierra y algunos pocos alcaldes, a los que pronto se les fueron sumando escritores, artistas, científicos, profesionales de los medios de comunicación, alguno de los varios consejeros de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid que se han ido sucediendo en el cargo durante estos años, líderes sindicales, representantes de partidos políticos, y hasta en cierta ocasión la por entonces ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, quien el 1 de agosto de 2004 apareció entre los piornales del puerto de Malagosto para manifestar a los cientos de personas allí congregadas el decidido apoyo de la administración central al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Eran, por descontado, tiempos de mayor compromiso y más ferviente entusiasmo…

Pero además de estas marchas se han emprendido otras muchas acciones procedentes de las más variadas orientaciones ideológicas para reclamar la protección legal y el riguroso control del negocio de la construcción en el entorno de este privilegiado territorio. Ante la imposibilidad material de referirse a todas destacaremos las mesas redondas, coloquios y movilizaciones promovidas por las distintas asociaciones ecologistas en ambas vertientes de la sierra, en especial Centaurea y Ecologistas en Acción; el Manifiesto en defensa de la Sierra de Guadarrama, firmado por un nutrido grupo de científicos, urbanistas, artistas, escritores, naturalistas y rectores de universidades madrileñas y presentado en el Ateneo de Madrid en octubre de 2006; la publicación en la prensa, en diciembre de ese mismo año, de una carta abierta firmada por treinta y siete destacadas personalidades de la vida pública española tan dispares como Baltasar Garzón, Antonio Mingote, Juan Luis Arsuaga, Luis Alberto de Cuenca, Fernando Sánchez Dragó, Pío Cabanillas, Santiago de Mora-Figueroa (marqués de Tamarón) y otros muchos; la presentación en febrero de 2008 de la llamada «Carta del Guadarrama», suscrita por numerosas instituciones de carácter cívico y cultural, entre ellas las Reales Academias de Bellas Artes y de la Historia; los ya tradicionales «Aurrulaques» organizados por Antonio Sáenz de Miera, que han contado en estos últimos años con la colaboración directa de figuras tan destacadas como el dibujante Andrés Rábago El Roto, Ricardo Aroca, decano del Colegio de Arquitectos de Madrid, y el catedrático de Paleontología y «guadarramático» (como a él le gusta denominarse) Juan Luis Arsuaga. Fue precisamente este último quien en julio de 2009 leyó, en el Mirador de Luis Rosales, al pie de Siete Picos, el ya histórico aunque poco divulgado manifiesto titulado Una alianza con el futuro, exigiendo la declaración de un espacio protegido que «puede ostentar el dudoso título de ser el que lleva más años reclamándose en el mundo y por gente más ilustre». Las palabras de Arsuaga, pronunciadas en presencia del Director General de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid, surtieron el efecto de un aguijonazo sobre las voluntades más remisas, las cuales firmaban pocos meses después, en el monasterio de El Paular, el compromiso de presentar al gobierno central la propuesta conjunta para declarar un parque nacional en la sierra de Guadarrama.


Juan Luis Arsuaga pronunciando el manifiesto Una alianza con el futuro en el mirador de Luis Rosales el 18 de julio de 2009 (Fotografía del autor)

Sin embargo, como ya hemos destacado, los derroteros de la política son oscuros e imprevisibles y ciertas reformas legales introducidas a mitad del proceso, junto al giro ultraliberal llevado a cabo por el actual gobierno de la Comunidad de Madrid, han desvirtuado completamente el proyecto original. Consecuencia de todo ello han sido la exclusión de los viejos y extensos pinares del Guadarrama del futuro espacio protegido y la obligada modificación del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la vertiente madrileña con el fin de adaptarlo a la nueva Ley de Parques Nacionales, aunque a lo que ha tenido que adaptarse en realidad es al sustancial cambio de criterios de protección impuesto con mano de hierro a la Consejería de Medio Ambiente desde los más altos órganos del gobierno de la Puerta del Sol. El nuevo documento, redactado con prisas y sin el rigor científico del que elaboró originalmente el equipo dirigido por Eduardo Martínez de Pisón, uno de los más prestigiosos expertos de toda Europa en espacios de montaña, reduce drásticamente tanto la superficie del posible parque nacional como los niveles de protección de los espacios naturales que lo rodearán, dejando abierta la puerta a futuros planes urbanísticos en terrenos que antes se iban a proteger. Es el precio que pagan nuestros entornos más privilegiados cuando en ellos se aplican las políticas neoliberales que defienden la doctrina del laissez faire en el mercado del suelo.

El tremendo desaguisado urbanístico y ambiental que se extiende por todo el piedemonte madrileño de la sierra contemplado desde la torre del homenaje del castillo de Manzanares el Real (Fotografía del autor)

Como ocurre con tantos otros paisajes relevantes de nuestros campos, costas y montañas, en torno a los mismos encinares y dehesas que inmortalizaron los cuadros de Velázquez y los versos de Machado hoy se dirimen implacables intereses económicos que siguen extendiendo sus tentáculos alrededor del negocio del ladrillo a pesar de la grave crisis del sector inmobiliario. Y si se piensa en la muy discutible gestión de algunos de nuestros mejores parques nacionales, como Doñana o las Tablas de Daimiel, condicionada por las múltiples presiones procedentes de la construcción y del aprovechamiento de las aguas subterráneas en su entorno inmediato, uno no puede sustraerse a la duda sobre si estamos encomendándonos al santo más adecuado. Y máxime cuando actualmente se está pidiendo desde algunos sectores de la conservación que nuestra política de grandes parques nacionales inspirados en el modelo norteamericano sea revisada o complementada con otras fórmulas de gestión establecidas alrededor del entramado que forman los cientos de enclaves protegidos por la Red Natura 2000.

Pero de lo que no cabe duda es que los parques nacionales españoles siguen siendo nuestros espacios naturales protegidos con más prestigio nacional e internacional y, por ello mismo, ésta parece ser la figura de conservación hoy por hoy más eficaz para contener las principales amenazas a las que se encuentra sometida la sierra de Guadarrama, que no son otras que la masiva urbanización de su territorio y la consecuente pérdida de biodiversidad en sus ecosistemas. Así que, frente a lo que se pretende en ciertos ámbitos ecologistas con la interposición de un recurso judicial contra el PORN aprobado por la administración madrileña, a mí me parece, en un último y desesperanzado alarde de posibilismo, que la apuesta tiene que seguir mereciendo la pena, aunque a algunos de los que hemos llegado a conocer los tiempos postreros de un Guadarrama todavía rural y con vida propia nos cueste aún hacernos a la idea de una montaña con marca y etiqueta oficial, intervenida y entregada ya definitivamente en aras de su conservación al acelerado mercado del ocio.

Como verá el lector que se interne en las páginas de este libro, a finales de la década de los años veinte del pasado siglo se perdió una ocasión de oro para haber declarado en estas montañas un parque nacional que posiblemente hubiera evitado algunos de los muchos males que las han afectado hasta nuestros días. Hoy, casi un siglo después, no podemos dejar pasar esta nueva y última oportunidad porque para conservar el Guadarrama en un estado medianamente natural el tiempo se nos acaba, y problemas tan acuciantes como la vertiginosa pérdida de biodiversidad en nuestro país y en todo el planeta no nos permiten fundar nuestras esperanzas en inciertos recursos judiciales y en nuevos e interminables plazos de espera que politizarían más aún los debates y darían al traste definitivamente con el proyecto. Por ello, tras estos diez largos años de expectativas más o menos frustradas y ante la inminencia de que el proceso llegue a su última fase en el supuesto de que el Ministerio de Medio Ambiente diera vía libre a una propuesta tan recortada, no nos queda otra opción que aceptar a regañadientes este mermado parque nacional que se nos ofrece.




Una ocasión perdida: reunión de la Junta de Parques Nacionales en octubre de 1929, en la que se hizo público que la sierra de Guadarrama no sería declarada como parque nacional (La Nación)

Es una simple cuestión de «tomarlo o dejarlo», como pareció haber querido dejar claro de forma expeditiva la presidenta de la Comunidad de Madrid a los más críticos con el texto definitivo del PORN durante el polémico acto celebrado en El Paular en noviembre de 2009. Y ante esta compleja disyuntiva a la que se nos ha abocado, creo que no cabe otra alternativa que reaccionar con pragmatismo y tomarlo como un adelanto a cuenta de la protección integral y definitiva del Guadarrama que por historia y justicia se nos debe desde hace tantísimo tiempo, y a la que no estamos dispuestos a renunciar.

Después de ochenta y siete años desde que fuera lanzada la primera y fallida propuesta para su declaración, la suerte vuelve a estar echada para el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Ojalá esta vez quiera serle propicia, aunque sea bajo la nueva y mezquina denominación referida sólo a las cumbres que se le quiere dar. Y si a pesar de los innumerables obstáculos que se le han puesto el proyecto saliera finalmente adelante, que nadie dude que utilizaremos el poderoso argumento a nuestro favor del espacio protegido ya declarado y seguiremos luchando todavía otros diez años, o veinte más si hace falta, con el fin de extender sus límites y generalizar en el resto del territorio de la sierra una conciencia de respeto entre sus gestores, sus habitantes y sus múltiples beneficiarios, que somos, en definitiva, quienes habremos de decidir el futuro de estas montañas.

Miraflores de la Sierra, 3 de septiembre de 2010