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lunes, 28 de febrero de 2011

EL FUTURO DEL PARQUE NACIONAL DEL GUADARRAMA

EDUARDO MARTÍNEZ DE PISÓN
(Febrero de 2011)


El valor de la Sierra.

A estas alturas debería ser innecesario decir que la Sierra de Guadarrama constituye una montaña llena de calidades naturales y paisajísticas, asistidas por una intensa aportación cultural, y que, por ello, constituye una prioridad la necesidad de guardar esos valores para bien de todos y por responsabilidad colectiva. Pero, por si acaso, arrancamos este escrito con su explícita afirmación.
El 17 de febrero de 2011 el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid aprobó el documento conjunto con la Comunidad de Castilla y León de petición de declaración del Parque Nacional de las Cumbres de la Sierra de Guadarrama, solicitud que se ha de elevar en el siguiente paso al Ministerio de medio ambiente, medio rural y medio marino. Sin duda es señal de que ha habido y aún está en curso un proceso concreto, científico, social y político, para lograr la salvaguarda de tales valores serranos. No se trata, pues, sólo de una voluntad para conseguirlo, sino de un procedimiento específico formal dentro de nuestras normas y categorías territoriales y de protección de espacios naturales. Estamos, pues, en la normalidad procesal, salvo por sus retrasos, vaivenes y algunas excesivas reacciones que, por cierto, no han sido los caracteres propios de otros lugares propuestos como Parques Nacionales, aunque acaso hubieran sido más explicables en ellos.
Sea como fuere, la puesta en marcha de ese procedimiento ha ido acompañada por vicisitudes y metas provisionales recurrentes que han alejado y reconfigurado el objetivo mientras iba pasando el tiempo. La primera iniciativa política de Gallardón, que se remonta a 2002-2003, se desdibujó pronto, la asistencia al proceso tuvo luego altibajos, el interés por él experimentó fluctuaciones, se alcanzaron en 2006 sus primeros resultados técnicos, pero se modificaron entretanto las normas estatales, lo que permitió abrir la fruta ocasionando que las propuestas fueran variando por nuevos acoplamientos, y su oposición navegó con llamativa facilidad por el radicalismo ideológico.
Pero hemos llegado a hoy, finalmente, con un proyecto último, un documento único de las dos autonomías con territorio en esta sierra, Castilla y León y Madrid, que rebasa el nivel regional para entrar en el nacional, como corresponde a un parque que lleva ese calificativo. Ahora, sus páginas contienen los resultados alcanzados, los veamos con crítica o con complacencia, y en ellos estriban las posibilidades no sólo de proteger el bien que representa el Guadarrama sino la de hacerlo en el rango adecuado. Al otro lado del río espera ya el ministerio para su examen. Esperemos que con más apego al Guadarrama que a una lectura intransigente de sus códigos, que ciertamente no ha usado para los demás Parques.
El momento actual en el proceso es, sin duda, el del balance de un esfuerzo. Pero no es sólo eso, sino el de poner en práctica sus resultados. Son estos desenlaces fruto de un trabajo, pero sobre todo son una posibilidad real de implantación de un modelo territorial proteccionista en la Sierra de Guadarrama. Esos resultados no son ni óptimos ni quiméricos. Tampoco rechazables por apriorismo o por oportunismo ideológicos. No son óptimos porque había otras opciones especificadas que eran más ponderadas e incluso porque las nuevas normas han estrechado las condiciones de acceso a la modalidad de protección apropiada. Pero no son quiméricos porque no proponen imposibles territoriales, administrativos, económicos o políticos, como ocurre con otras propuestas voluntaristas. Y, por ello, porque facilitan que fluya el curso de esta protección en el nada fácil cauce que le ha tocado recorrer, constituyen, aunque sea con peros, nuestro posible puerto. Por ello conviene su plasmación definitiva, sin más demoras ni retornos ni pérdidas ya de oportunidades, después de tantos años, en discusiones cada día más bizantinas.
Tras este proyecto hay, en el caso que yo conozco mejor, que es el de Madrid,  20 tomos de conocimiento estricto de la Sierra, previos a las disposiciones del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Guadarrama que se presentó en 2006 y que ya contenía una normativa territorial detallada para la montaña. Aunque hayan variado contenidos, se hayan acortado extensiones o modificado composiciones en este nuevo documento, nadie puede echar atrás esos tomos de estudio precedentes que constituyen una contribución específica de síntesis valorativa de la que pocas montañas españolas podrían presumir. La normativa, donde han radicado los problemas, formaba su conclusión como un cuerpo trabado. Las variaciones y adelgazamientos que ha experimentado desde 2006 hacen de ella otro tratado, con sucesivos consensos y disensos, aprobaciones, desaprobaciones, apriorismos y posibilismos. Todo esto está ahora nuevamente sobre la mesa en su definitivo formato en un documento tangible. Tras él hay un esquema que podría ser más perfecto, pero no se ha alcanzado otro, y hay un lugar, la Sierra, la montaña sin proteger aún al nivel debido, con años en la sala de espera, que queda reglamentado, potencialmente protegido y de modo socialmente viable.
Esas imperfecciones derivan sobre todo de diversos obstáculos materiales que cierran el acceso al nivel óptimo. Son algunos de estos las estaciones de esquí, los montes maderables, nuestra ley general de espacios protegidos, prohibitiva en campos que expulsan excelentes áreas del Guadarrama, la inferioridad palpable de la superficie propuesta como protegible a la realmente valiosa, la delimitación y definición de las distintas tipologías o zonas de conservación, unos reglamentos mejorables en el detalle y, finalmente, las intenciones y las diferencias políticas. En primer lugar, han sido visibles en el proceso ciertos indicadores de falta de la necesaria voluntad política (y no sólo en una parte de los poderes responsables) para remover determinados obstáculos y para alcanzar óptimamente los fines propuestos. Pero además hay otras circunstancias políticas actuales que también merecen un comentario.


La circunstancia política.

Entretanto, mientras navegaba el Plan de Ordenación por las mesas de los despachos, como es natural los políticos han seguido haciendo política. Es decir, dando una de cal y otra de arena. Una de cara al público y otra de cara a sus intereses. Una paletada a las pretensiones mercantiles de los alcaldes y otra a las propuestas proteccionistas de los expertos. Y así sucesivamente. A veces hasta extremos tan antagónicos a los que ya sólo es aplicable aquel dicho de estar a la vez en la procesión y repicando las campanas. En tales ambivalencias se han llegado a alcanzar verdaderos choques de ideas, de modelos y de tratamientos territoriales surgidos de la misma  raíz de poder. Los políticos parece que pensaron en un momento inicial que procedía pedir una opinión a los expertos para actuar en este campo. Pero en otro posterior concluyeron que les convenía más actuar ellos mismos como si fueran expertos y a partir de entonces lanzaron sus propias propuestas, desorganizando los esquemas, recortando protecciones y actuando como motores empresariales de los aprovechamientos económicos. El ejemplo evidente es la oferta casi simultánea, en una mano, de un Parque Nacional adelgazado y, en la otra, de la conversión productiva de la agrupación urbana y del conjunto de  las estaciones de esquí de los Puertos de Navacerrada y Los Cotos.
Por otro lado, hay también en diferentes polos quienes, por diversos motivos, no son partidarios del Parque Nacional del Guadarrama. No sabemos si tampoco de la reconversión del Puerto de Navacerrada, pues sobre esto no se pronuncian o no trascienden sus pronunciamientos. Algunos, los más contados, no son partidarios porque estiman que la conservación de la naturaleza y de los paisajes de la Sierra sería contraria a determinados intereses económicos propios que, para ejercitarse, tendrían que ser necesariamente agresivos con ese medio. Pero además los hay, los más ruidosos, que se oponen por principio si no lo ejecutan ellos o porque alegan defectos incluso desde antes de estar redactadas las propuestas. E incluso los hay que ponen y exigen requisitos que cierran la posibilidad misma de una declaración  si se presentan los bosques como han llegado al siglo XXI, para reclamarlos en el estado que debieron tener en el inicio del Holoceno.
Pero la mayoría de los ciudadanos sí somos partidarios de dicho Parque Nacional, principalmente de su propuesta más ponderada y rica, pero también de la aminorada, porque, al menos, algo es algo. Por razones también variadas, pero fundamentalmente porque tenemos la convicción de que ese Parque Nacional será un bien para la Sierra, sus partidarios somos abundantes y, aunque razonablemente escépticos,  constituimos un numeroso grupo de esperanzados. De modo que una negación de esta declaración, siempre por causas de menor entidad que la consecución de ese bien, no sólo acabará por ser un daño al Guadarrama sino también una colosal frustración para tales ciudadanos. Al final nos tendríamos que conformar con aquello que escribió Zweig: “los ideales irrealizados se muestran como invencibles. Lo necesario, aunque se dilate su realización, no por eso es menos necesario”.
En definitiva, a este acto de la obra en el que los personajes son los políticos y el decorado ya no es la sierra sino sus asambleas y parlamentos, corresponde, en voluntaria redundancia,  tomar ya la decisión sobre lo únicamente decisivo: es decir, proteger la Sierra.

Plasmar la protección.

La coyuntura política es también digna de consideración. Sorprende que hayamos tenido que esperar al final de la legislatura autonómica para que se culmine el proceso interno de propuesta del Parque Nacional al Ministerio. Materialmente apenas queda tiempo para ese trámite por el equipo político actual y, desde luego, no para esperar respuesta del gobierno nacional. En suma, es un despacho de última hora al que poco le ha faltado para quedarse en el tintero. Y a las confrontaciones y acuerdos pasados entre entes locales y autonómicos, hay que añadir los no pequeños que serán necesarios entre autonomías y estado, y entre partidos ya por sí confrontados. Por lo tanto, puede que ni siquiera se alcance un sí o un no a la propuesta o un arreglo en el lapso de tiempo que queda antes de las elecciones generales, sobre todo dadas las pocas prisas que todos muestran en este asunto. Incluso podría parecerle a algún observador suspicaz que, en ambos hemisferios de poder, algunos preferirían dejarlo, presente pero aparcado, a la vista de   futuros acontecimientos.
El hecho es que estamos al fin del proceso de intemperie del estatus de la Sierra y ante la apertura de una nueva situación, derivada del afianzamiento de normas, con lugares tipificados y procedimientos regulados. Es decir, ante el inicio de otro proceso. Y, una vez la Sierra ya protegida en el nivel de Parque Nacional, eso comportará un notable cambio de significados territoriales. A la importancia de ser Parque Nacional para la conservación y como etiqueta de prestigio, seguirán adaptaciones en el proceso territorial inmediato y futuro, con re-equilibrios positivos en la región y en su significado central en la Península, con rearticulación de sus piezas internas y con las envolventes (administrativas, sociales y protectoras). Incluso con la formación de un órgano de gestión necesariamente supra-autonómico, que calque fielmente la auténtica unidad geográfica dibujada por la orografía y no sólo por la historia política.
Son muchos los contenidos de la consecución de un Parque Nacional del Guadarrama envuelto por sus aureolas de Parques Regionales, suficientes para darles entidad formal en este momento. Aunque sean demasiados para describirlos ahora, son sobre todo sobrados para que se desprecie la oportunidad de lograrlos. Pero al menos debo enunciar dos que me importan especialmente como geógrafo y como profesor: un cuidado efectivo del paisaje y una puesta en uso prioritario de una función cultural. Pero, además, el Parque Nacional conseguido debe ser un soporte para su propia mejora y para su extensión, siempre factible, siempre más realizable a partir de su plasmación, porque el parque se asentará e irradiará su modelo mejor. De este modo, el Parque Nacional del Guadarrama está destinado a crecer como un ser vivo si le dejamos nacer. A crecer rectamente si permanecemos entusiastas y vigilantes en su mantenimiento, en la superficie que aún no ha logrado, en el contorno al que debe aspirar y en la entidad de su función protectora. Él mismo redefinirá sus modos y sus nudos de protección en esa vida creciente.
En el horizonte hay concretos terrenos que deberán sumarse a su núcleo, desde cumbres inmediatas y cantones hoy discordantes, como las actuales estaciones de esquí, hasta los montes y bosques de los Belgas y de Valsaín, que ninguna sinrazón de incompatibilidad legal debería haber excluido del Parque Nacional. Merece la pena hacer una reflexión breve sobre cierto contenido de la exclusión de los pinares de  Valsaín y de los Belgas en la propuesta del Parque Nacional del Guadarrama. En primer lugar, claro, está su sentido en el conjunto de la naturaleza serrana como masas forestales de primer rango, ante lo cual esa exclusión se vuelve un resultado administrativo incomprensible. Además, son bosques claramente patrimoniales en su valoración y en su imagen social. Y conceder valor de “patrimonio” a un lugar natural no es sólo consolidarlo o formalizarlo, con todas sus consecuencias de prestigio, protección y atracción, sino también añadirle una marca histórica, cultural. Así, la calificación tan adecuada, por ejemplo, de “bosque patrimonial” a determinados montes como éstos, sin entrar en sus posibles aprovechamientos actuales, pero que incluye el interés histórico de sus laboreos, resulta insólito que pueda ser antitética con la obligación legal de excluirlos si se les propone como pertenecientes a Parques Nacionales, al mantenerse en ellos esos usos maderables. En los paisajes hay valores aparentes en sus escenarios, como es el caso de los aspectos renaturalizados de esos bosques, pero además hay valores profundos en ellos que no sólo son forestales o biológicos, sino que entrañan sus significados geográficos humanos como herencia material y cultural.

Los problemas territoriales del proyecto actual, como el estrechamiento en los puertos entre pinares y estaciones de esquí, son objetivos a solucionar que se lograrán con más facilidad si el Parque se consolida y fortalece, porque la experiencia dirá, no sólo la teoría, que es mejor hacerlo a su manera. Que las mejoras, esas y otras, se desprendan de la práctica y que rueden por su camino. Pero antes dejemos a nuestra montaña con las espaldas cubiertas. Ciérrese, pues, en positivo el largo y a veces desabrigado proceso de protección integral de la Sierra. Y que este Parque Nacional se inaugure con el propósito explícito de emprender la mejora de sí mismo.