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viernes, 2 de marzo de 2012

Paisaje como patrimonio


Por su interés, y con la autorización expresa de su autor, reproducimos este artículo de Eduardo Martínez de Pisón publicado en el número de Diciembre 2011 de la revista Hispania Nostra


Durante los últimos doscientos años, en la práctica desde Humboldt, los geógrafos hemos utilizado el término paisaje para designar principalmente las configuraciones adquiridas por los hechos territoriales, aunque con un interés creciente en los últimos tiempos por sus imágenes complementarias, es decir, por sus indisociables contenidos y representaciones culturales. Como resultado, hemos propuesto también tal paisaje, producto del tiempo en el espacio, como un bien patrimonial mixto, corolario de peculiares relaciones entre naturaleza e historia, implantado en el terreno y sujeto al cambio. Sin duda, desde otras perspectivas puede haber diferentes modos de entenderlo, pero aquí me atengo a estas raíces intelectuales. El mismo sentido patrimonial del paisaje, tal como nosotros lo concebimos y razonamos, ha sido objeto de percepciones diversas ajenas a la geografía y, gracias a ello, poseemos una cultura que ha venido ponderándolo así en Occidente desde el Renacimiento y, más cerca, desde el siglo XVIII, y en España desde fines del siglo XIX en los campos propios de la literatura, la pintura, la filosofía y la pedagogía, concretados por ejemplo en la generación del 98, en Beruete, en Ortega y Gasset y en Giner de los Ríos, cuando aún la geografía española no tenía suficiente implantación cultural y científica en nuestro horizonte intelectual. Cuando lo logró, mediado el XX, el geógrafo Manuel de Terán mostró su concepto y su método, y propagó y enseñó su estudio en una cadena discipular. E incluso abogó tempranamente por su conservación.

Giner de los Ríos en el Monte de El Pardo.

De este modo se ha ido insertando la idea de paisaje en la cultura española e implantando su sentido patrimonial, más o menos minoritariamente si lo comparamos con la intensidad y extensión de otras fuerzas operantes en el territorio absolutamente indiferentes a su inseparable entidad como paisaje. Tal entidad está referida a la dimensión cultural del lugar, en sentido bastante amplio, y a su sentido de identidad como significado geográfico, histórico, artístico, de costumbres y de ideas. El balance entre ambas fuerzas y entre resultados derivados de ellas, tan desiguales, no favorece casi nunca a la preservación de los paisajes, salvo en casos de expresa conservación dentro de nuestras normas protectoras de espacios y monumentos. Pero no hay una norma adecuada ni un concepto ajustado a la realidad del proceso de transformación territorial para proteger los paisajes. La conservación que afecta en España a hechos implantados en el territorio es sectorial y está concretada y disociada en la protección a la naturaleza y al arte. Por un lado es ecológica, con clara dedicación a la protección de especies, especialmente a las faunísticas, de modo que los espacios naturales protegidos resultan de esta consideración, no de la selección de paisajes naturales valiosos, a los que acaso sólo se hace una mención lateral en alguna ocasión. Por otra parte, la conservación tradicional de monumentos artísticos concierne lógicamente a su propio asunto y limita a él su sentido patrimonial sin plantear su localización, integración y participación en el paisaje. Cada una tiene sus propias normas y organismos tutelares, por lo que su gestión es independiente. Sin embargo, la realidad del paisaje está ahí, desatendida. La imprecisa y poco puesta en práctica adhesión al Convenio Europeo del Paisaje no ha dado aún resultados en este campo de la protección patrimonial. Además, tal Convenio tiene una vaguedades conceptuales notorias, por lo que, aunque lo pusiéramos en práctica intensa, quedarían muchas ambigüedades que corregir. Debo insistir en que el paisaje es el patrimonio geográfico de un país. Como existen el patrimonio histórico, artístico o natural. Es otro y con sentido acumulativo.

Árboles del Guadarrama. El tiempo natural en el espacio integral.


Castillo roquero de Jenaro Pérez Villaamil. El tiempo histórico en el espacio integral.

Paisaje integrado natural y rural en Los Picos de Europa.

Sin tal significado no se habla estrictamente de paisaje ni se sitúa correctamente su carácter patrimonial. En él se agrupan y mezclan, por lo común, los rasgos naturales, rurales y urbanos cuyo soporte es el territorio y cuyo contenido es la cultura. Si esos espacios tienen dominantes de roquedos, aguas o tapices vegetales o responden a uno de sus modos de integración corresponderán al patrimonio de los paisajes de caracteres fundamentalmente naturales. Y así sucesivamente en los lugares agrarios, urbanos, industriales, turísticos y otros más imprecisos. Pero, por ejemplo, Segovia, sobre su peña caliza, con sus ríos encajados en sus costados, sus arboledas, huertos y arrabales, entre la meseta, la rampa y la sierra, es un paisaje completo de ciudad encaramada, hoces, monasterios, barrios, entorno rústico y alfoz de vega, páramo y montaña.
Segovia: hoz, río, puente, convento, huerta y arboleda, integrados en el paisaje urbano. Dibujo del autor.

Por lo tanto, nuestro patrimonio paisajístico está por establecer sobre un mapa con esta intención expresa y con un inventario, con criterios no sólo descriptivos sino valorativos y conservacionistas, está por regular específicamente con normas propias y apropiadas y está por gestionar en su protección concreta. La tarea inmediata que se tendría que emprender, paso a paso, consistiría en conocer, clasificar, valorar, reglamentar y gestionar. Sabiendo relacionar lo local y lo general, el valle, la autonomía y el conjunto nacional. Entretanto, vamos perdiendo paisaje espacio a espacio, lugar a lugar, como agua que se escapa entre las manos, porque los procesos contrarios son muy generalizados, rápidos, agresivos, técnicamente eficientes, económicamente rentables, políticamente impulsados. El modelo de espacio en red atrapa todos los rincones, la urbanización es creciente (y ha sido voraz), los aerogeneradores se han extendido de modo invasor por casi todos los cerros, colinas, alcores y oteros de este país, y todo ello se ha pagado en paisaje perdido. Con frecuencia, mientras avanzan los daños se retrasan las soluciones ¿Cuánto tarda en protegerse una sierra por falta de decisión? ¿Cómo se desmorona por la aplicación de un criterio simplemente pragmático otro de conservación armado en la integración de sus paisajes? Y no podemos entrar en más detalles porque se necesitarían páginas en cantidades imposibles para la brevedad de un artículo.
Sendero del Guadarrama

Es la hora, pues, del paisaje como patrimonio. El momento de emprender la labor de establecerlo como tal y, con ello, el de una política franca a su favor, primero porque en tal paisaje reposa buena parte de nuestra identidad física y cultural, y segundo porque tal valor en riesgo requiere pasar ya, sin demora, de una teoría suficientemente formada a una práctica clara y decidida. Y, por supuesto, hay quienes saben cómo hacerlo.

Eduardo Martínez de Pisón