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martes, 2 de abril de 2013

Sobre la supuesta artificialidad de la Sierra de Guadarrama



La ley de la Red de Parques Nacionales, en su artículo 3, afirma que estos espacios protegidos “quedan definidos como espacios naturales de alto valor ecológico y cultural, poco transformados por la explotación o actividad humana”. Esta última condición se ha utilizado, y se sigue utilizando, para minusvalorar en cierta manera la Sierra de Guadarrama, considerándola como unas montañas lo suficientemente transformadas por la acción humana para no merecer el título de parque nacional. Su intenso régimen de visitas, sus pinares de pino silvestre, considerados como ecosistemas “no muy naturales” donde se explota la madera, y la existencia de estaciones de esquí en su interior, son las principales críticas hacia este espacio, junto a otras menos académicas que vinculan la idea del parque nacional a una iniciativa más política que otra cosa debido a la cercanía de la capital del estado a esta sierra.

Cierto que el uso intensivo de estas montañas, por su cercanía al área metropolitana madrileña, sigue provocando problemas que afectan a su conservación; sin embargo, los otros dos argumentos resultan un tanto desajustados. Sierra Nevada posee en su interior pistas de esquí, y esa no fue razón en su momento para que no fuera declarado parque nacional su entorno inmediato. En cuanto al pinar, existen suficientes estudios que corroboran la naturalidad del pino silvestre, aunque no en todas las zonas. Como es sabido, en cotas inferiores a 1.600 debería ser el roble melojo el que prevaleciera, pero a partir de esta altitud podemos considerar al Pinus Silvestris especie autóctona sin mayores problemas.

Según parece, a esta sierra del centro peninsular se le exige unas condiciones tremendamente estrictas para conseguir la denominación de parque nacional. No es que esto esté mal, más bien al contrario, mejor será este parque cuanto más se le exija, pero también es cierto que estas exigencias parece no haberse aplicado en el pasado a otros parques nacionales. Veamos algunos ejemplos:

¿Alguien se imagina un remonte mecánico subiendo hasta el mismo pico de Peñalara? Pues algo muy similar ocurre en el Parque Nacional del Teide, con un teleférico casi hasta la misma cumbre. De la misma forma, podemos imaginarnos espantados una carretera que alcance los mismos bordes de la laguna de Peñalara, pero muchos somos los que hemos subido sentados al volante hasta los lagos de Enol y la Ercina, en el corazón del Parque Nacional de Picos de Europa. Imaginar una Laguna Grande de Peñalara represada sería algo intolerable, pero si se aprueba el próximo proyecto de parque nacional en torno al Aneto en los Pirineos, dos ibones dentro de su superficie (Millares y Llauset) están represados. Y ¿qué decir de Aigues Tortes, o Monfragüe, con embalses dentro de sus límites?.

Estos no son los únicos ejemplos: terrible sería pensar siquiera en una carretera que atravesara la Cuerda Larga, sin reparar quizás en que por el Parque Nacional de Garajonay una pequeña carretera circula por las cumbres, o en el caso de Taburiente, donde una pista asfaltada llega hasta su cima más alta. Podríamos, por último, hablar de la “naturalidad” de las Tablas de Daimiel, pero este empeño se antojaría demasiado cruel.     

¿Se puede considerar, por seguir rebuscando algún ejemplo más, poco transformada por la explotación humana una playa llena de bañistas en las Islas Cíes, que acabaría formando parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas, o unos campos de entrenamiento militar que con el tiempo fueron incluidos dentro de parques nacionales como  La Cabrera  o  Cabañeros?

Se trata, en todo caso (salvo el fiasco de las Tablas de Daimiel), de casos puntuales dentro de unos espacios de altísima calidad paisajística y ambiental como son los parques nacionales españoles. ¿Qué valores esconde entonces la Sierra de Guadarrama para ser declarado parque nacional? Aparte de cumplir con unos cuantos “sistemas naturales a representar en la red de parques nacionales citados” que cita la ley, podríamos aportar cuatro: las geoformaciones graníticas (Siete Picos y sobre todo de La Pedriza), las huellas glaciares cuaternarias, las masas de pino silvestre, y un bagaje cultural tan amplio que abarca desde las primeras exploraciones científicas en montañas peninsulares a la amplia huella educativa, literaria y pictórica. No conviene ser triunfalistas en estos casos, ya que las dos primeros valores son compartidos e incluso superados por la Sierra de Gredos, mientras que, como es sabido, existen mayores masas de pino silvestre en Pirineos y Sierra de Urbión, aunque resulte difícil encontrar la contundencia paisajística de esta sola especie fuera de lugares como Valsaín. Es, no obstante, la conjunción de estos cuatro valores en un solo territorio lo que valoriza y singulariza la sierra de Guadarrama y le hace merecedora del título de parque nacional.

En definitiva, que el problema del futuro Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama no está tanto en esta sierra, sino sus límites, trazados con unos criterios —esta vez sí— en gran medida artificiales.

Álvaro Blázquez